Empiezo diciendo que soy contrario al aborto, pero que no comparto la postura de mi Iglesia respecto a los métodos anticonceptivos artificiales que no interrumpen el proceso de la vida. Dicho eso, me parece que la actitud que ha tomado la Iglesia en Estados Unidos en el marco del debate sobre el tema de los programas de salud que incluyen cobertura en casos de aborto o de uso de anticonceptivos es un serio problema porque buena parte de los católicos en ese país se apartan públicamente de las férreas posturas expuestas en la encíclica Humanae Vitae, al punto de que el tema se ha vuelto mucho más ideológico y político que religioso.
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Pero acaso lo que más debilita la postura de la Iglesia Católica en este caso es que actúa con un verdadero fariseísmo porque esa reacción granítica que han mostrado en todas las diócesis de los Estados Unidos para atacar la política del gobierno de Obama nunca se tuvo cuando más falta hizo, cuando se supo lo que estaba ocurriendo con decenas de sacerdotes que abusaron de niños y niñas de sus parroquias y luego recibieron cobertura, protección y abrigo de una jerarquía que simplemente los trasladaba a otro sitio para que continuaran cometiendo sus fechorías. El tono de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos en este debate sobre el tema de los métodos anticonceptivos es impresionante y uno como católico piensa si no hubiera marcado una gran diferencia si en un momento crucial de la vida de la Iglesia, cuando se conocieron no solo los casos de pederastia sino que la actitud de los obispos llamados a proteger a los fieles, sale la jerarquía actuando con tanta firmeza, con tanta energía para condenar públicamente las fallas propias de parte del clero.
Creo, por principio, que el Estado no se puede someter a cuestiones confesionales y que las políticas públicas deben orientarse para el universo de la población, al margen de sus creencias y convicciones religiosas. En ese sentido, si el Estado tiene una determinada regulación en temas como el de la contracepción o el aborto, la forma de objetarla es mediante los necesarios recursos ante las cortes para dejar sin efecto tales prácticas, pero no se puede pretender que la creencia dogmática de una parte de la población sea la que marque la política del Estado. La grandeza de la separación entre el Estado y la Iglesia, que forma parte de la estructura misma del sistema norteamericano, estriba precisamente en que garantiza la libertad de cultos en forma plena y absoluta.
Yo pienso que la Iglesia tiene que redoblar sus enseñanzas y la formación de sus fieles. Ni siquiera me meto a decir si debe o no modernizar su punto de vista porque ese es un debate adicional y demasiado intenso y profundo. Simplemente sostengo que la Iglesia tiene medios e instrumentos para asegurar que sus fieles sigan al pie de la letra sus dogmas e instrucciones, sin interferir con las políticas de un Estado que tiene responsabilidades con habitantes que tienen creencias distintas y, por lo tanto, derechos que a su juicio pueden y deben ejercitar libremente, sin interferencias.
Pero, sobre todo, creo que la Iglesia perdió autoridad moral por la actitud vergonzante que ha tenido con el tema de los abusos cometidos por sacerdotes, puesto que si hubiera sido enérgica, si el mismo interés por los no nacidos lo hubiera mostrado por los agredidos por la pederastia, otro gallo cantaría. ¿Por qué ocultaron y apañaron décadas enteras de vergüenza y aún ahora sienten que hablar del tema es una agresión a la Iglesia, en vez de pensar en los agredidos por la Iglesia que son los millares de niños abusados? Es de aquellos casos en los que vale decir: “O somos, o no somos”.