Para un periodista que no se encuentra en el lugar de los acontecimientos es sumamente difícil arribar a conclusiones sobre determinado suceso, como ocurre con la Conferencia de Copenhague, que, como es sabido, concluye el día de mañana, sin poder afirmar con certeza los resultados de las negociaciones sobre el cambio climático, que para la mayoría de los guatemaltecos les resulta irrelevante.
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 Lo que sí es cierto es que si no se logra un acuerdo determinante, los grupos humanos más pobres del planeta sufrirán graves consecuencias, aunque se ha filtrado un borrador de un acuerdo para la COP-15 (la XV Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), sin que se pueda asegurar hasta el momento en que escribo estos apuntes (la noche del miércoles 16) si finalmente se alcanzó un consenso.
 En el hipotético caso de que fracase la Conferencia de Copenhague o si no se logra una reducción suficiente de gases de efecto invernadero y las potencias más contaminantes del mundo no cumplen con sus compromisos, entonces debemos prepararnos para la aplicación de la «geoingeniería», según criterio de científicos que participan en la cumbre climática, reportado por Claudia Ciobanu, de la agencia de noticias IPS.
 El término «geoingeniería» se refiere básicamente a intervenciones humanas intencionales y a gran escala para producir alteraciones en el sistema climático planetario, a diferencia de los cambios involuntarios e irreversibles del clima que la humanidad ha provocado con sus acciones.
El oceanógrafo John Shepard, profesor de la universidad británica de Southampton, uno de los autores del Informe «La geoingeniería del clima. La ciencia, la gobernanza y la incertidumbre» admitió que no le agrada la idea de recurrir a geoingeniería, pero que se deben buscar alternativas para mitigar el calentamiento global.
 Actualmente se plantean dos opciones de geoingeniería. Por una parte, se prevé la remoción del dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero, que se realizaría por medio de la fertilización del océano con hierro, el uso de filtros de gases, árboles artificiales o carbón biológico. Esta técnica se puede aplicar localmente e implica riesgos menores; pero lo malo es que llevaría mucho tiempo absorber la enorme cantidad de carbono previamente liberado y tampoco impediría su expulsión a la atmósfera.
La otra opción consiste en la gestión de la radiación solar, que implica reflejar la luz del Sol para reducir el recalentamiento planetario a través de espejos en el espacio, aerosoles estratosféricos o el mejoramiento de las nubes. Pero este método no reduce la presencia de los gases invernadero ni mitiga las consecuencias de las emisiones, como la acidificación de los océanos. En lo que se refiere al riesgo, los científicos ven con preocupación los efectos en los patrones y ecosistemas climáticos.
Por ejemplo, el científico canadiense Jason Blackstock considera que la geoingeniería es una apuesta muy insegura que no se debería adoptar, aunque, al igual que Shepard, sostiene que la reducción de las emisiones sigue siendo la prioridad, como la opción más segura y previsible.
Pese a que muchos de los habitantes de la Tierra, como en mi caso personal, ignoramos los más elementales principios de la geoingeniería y cuyas opciones para combatir el cambio climático más me parece propio de ciencia ficción, los científicos advierten que en torno a estas técnicas deberían opinar los gobiernos, los centros de investigación, organizaciones internacionales y los ciudadanos de todo el mundo.
 (En Monterrico, el nativo Romualdo Tishudo identifica a un científico británico que disfruta de sus vacaciones contemplando el atardecer y a hermosas muchachas, y a quien le pregunta: -¿Qué es un bikini? El ambientalista responde: -Es un traje de baño de dos piezas rodeado de ojos masculinos).