Generosos poderes del morir


Luis_Enrique_Prez_nueva

El morir tiene por lo menos uno de tres generosos poderes. El primero consiste en conferirle a quien muere, méritos que nunca habían sido reconocidos; el segundo, en adjudicarle, a los méritos que tenía quien muere, un valor mayor que aquel que ya había sido adjudicado; y el tercero, en atribuirle, a quien muere, méritos que él mismo jamás habría creído tener.

Luis Enrique Pérez


El morir tiene el poder de conferir méritos que nunca habían sido reconocidos, como si quien muere hubiera vivido para ocultarlos, y hubiera muerto para revelarlos. Por ejemplo, aquel pintor que muere, y de quien los más profundos críticos académicos opinaban que era un torturador de la forma, un abusivo combinador de colores, y un agresor de la perspectiva, realmente había sido un intrépido renovador de la forma, un mágico transfigurador del color y un sutilísimo y revolucionario maestro de la perspectiva.
    
     El morir tiene el poder de adjudicarle, a los méritos, un valor mayor  que aquel que ya había sido adjudicado, como si  quien muere hubiera vivido para ser devaluado, y hubiera muerto para ser revaluado. Por ejemplo, aquel escritor que muere, y de quien los críticos literarios intelectualmente más profundos reconocían una asombrosa originalidad metafórica, realmente había provocado una transformación tan audaz de la metáfora, que finalmente la esencia misma de la metáfora (es decir, la subyacente analogía oculta) se había disipado, y había sido sustituida por un fantástico mundo post-metafórico, del cual sólo los espíritus más excelsos, secretamente perplejos, se habían percatado.
    
     El morir tiene el poder de conferir  méritos que quien muere jamás había creído tener, como si hubiera vivido para exhibir su modestia, y hubiera muerto para optar a la arrogancia. Por ejemplo, al músico que muere, que sólo había pretendido (como si hubiera sido su mayor ambición artística) crear obras que no atacaran el oído, atribúyasele un genio musical asombroso, creador de obras poseedoras de una rara seducción melódica, un exótico efecto armónico, una compleja textura polifónica, un hipnótico misterio rítmico, y una levísima insinuación de trascendente meditación metafísica.
    
     Aun en el caso de un criminal, el morir puede ejercer sus generosos poderes. Por ejemplo, el asesino que muere tenía el mérito (que nunca había sido reconocido) de ser excesivamente cortés en el acecho de su confiada víctima potencial; o tenía el mérito de tratar cordialmente a su víctima en el acto homicida, pero ese trato no tenía sólo el valor de ser cariñoso  sino el valor (mayor aun) de ser profundamente piadoso; o tenía el mérito (que él jamás creyó tener) de sufrir porque no era juzgado y condenado por los crímenes que había cometido.
    
     Los generosos poderes del morir parecen lograr que ya no importe la verdad o la falsedad sino la bondad del juicio sobre aquel que, en el caso de que su muerte brinde la oportunidad de ejercitar, sobre su misma tumba, la calumnia, o la infamia, o la difamación, ya no podrá defenderse (aunque tampoco podrá ofenderse). Y porque no podrá defenderse, ¿qué importa que, con el auxilio de una propicia imaginación y una repentina benevolencia, juzguemos que quien murió no fue peor sino mejor de lo que realmente fue?
    
     Post scriptum. Los generosos poderes del morir sugieren un abstracto epitafio cosmopolita, como este: “Su bondad no fue mayor porque ya era excesiva. Tenía tantos méritos que el elogio parecía insulto. Y fueron tan abundantes sus virtudes como escasos sus vicios… si hubiese tenido alguno”.