Guatemala es uno de los países más ricos del mundo, lo que no significa precisamente que todos sus habitantes disfruten de esa opulencia, porque la mayoría vive en condiciones de pobreza y pobreza extrema, mientras una minúscula minoría acapara la riqueza.
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No me refiero a la oligarquía, sino al fruto de un fenómeno que se repite cada cuatro años, cuando los ciudadanos acuden a las urnas con la esperanza de que ¡Ahora sí! el nuevo Presidente de la República y sus colaboradores van a enderezar la nave del Estado, para evitar la corrupción y el tráfico de influencias.
Sin embargo, se sospecha que la consigna fundamental de quienes acceden al poder es lograr su enriquecimiento personal y de sus familias, de manera que al finalizar el período presidencial otros afortunados se suman a la clase privilegiada, y así, reiterativamente, como si se tratase de una maldita constante cíclica, el Estado sigue proporcionando bienestar y felicidad en abundancia a políticos que ocupan altos y medianos cargos en la administración pública.
Cualquiera pensaría que con tanta desvergonzada corrupción, que las arcas gubernamentales quedan vacías al concluir el mandato de cuatro años y que, en consecuencia, nadie va a correr el riesgo de lanzar su candidatura presidencial porque si logra la victoria electoral no va a contar con recursos para hacerle frente a las necesidades del país.
Pero no es así. Los primeros días, semanas y meses -y en algunos casos hasta uno o dos años-, los nuevos funcionarios, entre los cuales el Presidente, el Vicepresidente y los ministros le echan la culpa al gobierno anterior que ha dejado en la lipidia las finanzas públicas, además de no haber encarado los problemas estructurales nunca resueltos, y aseguran  que la nueva administración será pulcra, transparente y hasta santificada, dejando atrás las corruptelas y prácticas mañosas de sus antecesores. Y no aludo al actual gobierno, exclusivamente, sino a todos los que se han sucedido durante décadas y que han tenido la virtud de crear nuevos pujantes hombres de negocios.
Lo única mancha que logra visualizarse es que los siempre inconformes, bochincheros, vulgares y desagradecido sectores no hay forma salir de su calamidad, y por su culpa es que Guatemala sigue manteniendo los primeros puestos en América Latina en los rubros de mortalidad y morbilidad infantiles, analfabetismo, ausencia de servicios básicos, carencia de alimentos y otras minucias vinculadas a la discriminación, exclusión, racismo y otras cosillas intrascendentes.
Lo importante es que el Estado esté en capacidad de parir hombres con visión futurista, que no reparen en pequeños y casi inadvertidos escrúpulos que, más que todo, sólo sirven para detener el progreso, a fin de que pasen a formar filas con la clase empresarial de viejo cuño, que no siempre recibe con agrado a los advenedizos procreados por las ubérrimas ubres estatales.
Los casos abundan en todos los gobiernos, sin excepción alguna, pero me voy a referir a uno que está vigente y que incluye a 32 pundonorosos militares que la Fiscalía Especial del Ministerio Público vinculada con la CICIG los investiga por un defalco de sólo Q906 millones, y entre los cuales se incluye a honorables ex ministros de la Defensa Nacional
Según la versión divulgada, los militares acusados de haberse levantado más de 900 millones de quetzales, utilizaban dos estratagemas para desfalcar al Estado. Una maniobra consistía en que los jerarcas uniformados mandaban a subalternos suyos a cobrar cheques emitidos por el ejército, y éstos entregaban el dinero en efectivo a su superiores. La otra modalidad radicaba, según la Contraloría de Cuentas, «en que en forma repetitiva y sistemática se emitieron cheques girados a la orden de personas que los cobraban en el Banco de Guatemala» y luego los depositaban en sus cuentas personales.
Los militares sindicados de estos pequeños desfalcos aseguran que no se apropiaron del dinero cobrado, pero no pueden informar en qué utilizaron esos recursos, porque se trata de «secreto militar», tales como la adquisición de llantas, telas y máquinas tortilleras, cuyas compras estaban amparadas «por fotocopias de facturas».
Lo anterior es sólo un ejemplo visible y atañe a una sola institución gubernamental; pero como el Estado es tan generoso, nuevas generaciones de hombres de éxito están germinando en las fértiles áreas del Gobierno.  Â