Si fuera porque existe una política seria y coherente de depuración, estaría bueno que todos los días conociéramos tantos casos de miembros de las fuerzas de seguridad involucrados en hechos criminales, pero siendo que no hay en verdad una estrategia para depurar a la Policía Nacional Civil o al mismo Ejército, tenemos que decir que lo que va saliendo a luz es apenas la punta del iceberg y que estamos en crítica situación.
Ayer se realizó un infructuoso operativo en la sección antinarcóticos de la Policía en busca de agentes que han participado en acciones ilícitas, entre ellos el tumbe de drogas. Al mismo tiempo se realizaba una diligencia judicial contra policías enviados a cuidar las instalaciones de la Procuraduría de Derechos Humanos que violaron al mensajero de un servicio de comida rápida. Y pocos minutos después era capturado un coronel del Ejército que durante cuatro años fue la voz y la cara del instituto armado, bajo la sindicación de llevar droga. A eso se suman los innumerables hechos en los que se ven involucrados policías, el robo de armamento militar y la participación de algunos oficiales como líderes de grupos de sicarios.
Si alguien todavía tiene duda de cuán grave es nuestra crisis de gobernabilidad por el deterioro de las instituciones nacionales, basta ver lo que pasa con las fuerzas de seguridad, llamadas a ser el consuelo de la población y garantes de la paz y la seguridad de todos los guatemaltecos para entender que en realidad hemos tocado fondo. Porque antaño se podía pensar que la contaminación de la PNC, que termina infundiendo miedo a los habitantes del país, se podía superar porque quedaba atrás el Ejército, pero está visto que aquí nadie se salva de ese deterioro que es la marca indeleble de todas nuestras instituciones.
Por donde volteamos a ver nos topamos con corrupción, con abusos de poder, con impunidad, con tráfico de influencias que colocan a toda la institucionalidad democrática en trapos de cucaracha porque la pusieron al servicio de las mafias que tras bambalinas mantienen el control efectivo del poder. Mafias que copan todas las instituciones y que están en todos los niveles, puesto que, para empezar, supieron financiar campañas políticas y tienen el mismo derecho de picaporte que tienen los Alejos y compañía.
Al Ejército no lo hundió únicamente el aprovechamiento que oficiales hicieron de la doctrina de seguridad para montar sus propios negocios ilícitos, como el contrabando, sino que también la clase política que lo convirtió en caja chica o, como dice el fiscal gringo, en cajero automático de los presidentes. En esa danza de millones muchos quieren ser salpicados y se perdió el sentido del deber, el honor y la gloria.