Fray Ignacio de la Fuente, in memoriam


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El sábado por la mañana recibí una llamada del “Seco” Lursen: “vos Chicho, me dijo, el Fray está grave en el hospital”, la noticia resultaba dura, pero sabía de un mal letal que le había afectado unos años antes y que Erick Paz, un excelente amigo y prestigioso cirujano oncólogo, había colaborado en la operación para extirpar el problema. Sabía lo malo de esta noticia y mi presagio resultó, desafortunadamente, cierto. Estando en Madrid, recibí la noticia del fallecimiento de Fray Ignacio de la Fuente, el dolor por su pérdida no pudo ser mayor, pero ello me llevó a retrotraerme en retazos de vida compartida con Fray Ignacio.

Juan José Narciso Chúa


Conocí a Fray Ignacio en los primeros años de la década de los setenta, cuando hizo su aparición el Club Santo Domingo, ciertamente cuando escuché el nombre del equipo de voleibol, conformado principalmente por viejos compañeros del Colegio Loyola y reforzado por otros grandes amigos y compañeros del Instituto Central, pensé en el colegio de ese nombre, pero luego supe con certeza que el nombre devenía de la iglesia de Santo Domingo, en donde el Fray daba su vida como fraile, pero en su calidad de lego; es decir, religioso de la orden de los Dominicos, pero no se había ordenado como sacerdote.

Su figura diminuta, su carácter fuerte y su acento español lo configuraban como una persona distinta y de trato afable y agradable.  El Club Santo Domingo, con su apoyo, no solo tuvo al equipo que llegó a convertirse en campeón de la liga mayor en el año 1975, sino produjo múltiples equipos en todas las divisiones de la Federación de voleibol e incluso se crearon equipos de mujeres.  Pero tampoco se quedó ahí.  Luego hubo equipo de futbol del club y yo lo convencí que nos apoyara un equipo de basquetbol, situación que materializó y apoyo decididamente, incluso llegando a apoyar desde la grada, en donde el calor del juego, también provocó molestias con otros jugadores y donde tuvimos que intervenir para evitar que lo atacaran y enfrentarnos en grescas comunes y viriles de golpes y empujones, pero nada más.

Me incorporé en el equipo de la mayor de voleibol del Club Santo Domingo, en las vacaciones de 1974, por mediación de mi gran amigo Víctor Manuel “El Pato” Mejía, hoy un connotado médico cirujano-traumatólogo del deporte y me pasé prácticamente todas las mañanas de esas vacaciones, entrenando cuatro o cinco horas diarias, bajo la conducción de Jorge Emilio Contestí(+) y me hice parte de ese gran equipo, que significó modestamente, el cambio generacional de los viejos equipos dominadores del voleibol como Mazateco, Práctico Moderno, Medicina y Suchitepéquez, grandes equipos y enormes jugadores.

Cuando ocurrió el terremoto en febrero de 1976, Fray Ignacio se tomó la tarea de llegar a las casas de cada uno de los jugadores y cuando llegó a la mía, una tarde de febrero, soleada, me pidió que juntara a la familia y nos dio el consuelo con su palabra y su orientación religiosa, así como me pidió que asistiera a la iglesia, puesto que se iban a entregar víveres para personas pobres, pero el equipo tendría un apoyo especial. Una gran persona, sin duda, nos trataba como sus hijos y nos cuidaba y protegía todo el tiempo.

La gira en el inicio de 1975, por toda Centroamérica y Panamá fue llena de anécdotas e incluso de situaciones misteriosas, pero el Fray estuvo siempre allí, apoyándonos. Incluso Fray Ignacio organizó un viaje a España con el equipo, al cual no asistí, pero hasta esos niveles llegaba su muestra incondicional de apoyo para mejorar al equipo de sus amores y elevar el nivel del voleibol en Guatemala. Sé que todos los que jugamos en el Club Santo Domingo, particularmente mis compañeros y amigos del equipo de la Liga  Mayor, lamentamos su partida, se ha perdido un hombre incomparable. Descanse en paz Fray Ignacio, hasta siempre querido Fray.