La nueva referencia efectuada por Francia esta semana a la posibilidad de una guerra con Irán, matizada con el correr de los días, confirma un endurecimiento del tono de cara al gobierno iraní y acerca a Europa y Estados Unidos en la idea de actuar fuera de la ONU.
En unas declaraciones que recorrieron el mundo, el canciller francés Bernard Kouchner estimó el domingo pasado que el mundo tenía que «prepararse para lo peor», es decir la posibilidad de una «guerra» con Irán, ante el persistente rechazo de Teherán de poner fin a sus operaciones de enriquecimiento de uranio.
En medio del previsible revuelo provocado, el presidente francés Sarkozy salió el martes a calmar la situación, al asegurar que Francia «no quiere la guerra» con Irán, aunque reiterando que «es inaceptable» que Teherán se dote de la bomba nuclear.
Más allá de los juegos dialécticos, había sido el mismo Sarkozy quien a fines de agosto había roto por primera vez el tabú, advirtiendo en un discurso ante diplomáticos que el mundo se enfrentaba a una «alternativa catastrófica: la bomba iraní o bombardear a Irán».
Si Sarkozy y Kouchner señalaron ahora que hay que «negociar hasta el final» para evitar que Teherán obtenga el arma nuclear, es claro que la posición francesa se ha endurecido y que París quiere que la Unión Europea adopte nuevas sanciones contra Irán fuera del marco de Naciones Unidas, un cambio dentro del bloque.
Hasta el momento, y tras el rechazo iraní a fines de 2006 de una gran oferta de cooperación condicionada al congelamiento de sus actividades nucleares, la UE lleva adelante una política de «doble enfoque» que consiste en apoyar el proceso de sanciones progresivas iniciado por la ONU, donde China y Rusia frenan a Estados Unidos, al tiempo que deja la puerta abierta a un diálogo.
Este «doble enfoque», impulsado con más fuerza por Alemania y Francia ante el escepticismo de Gran Bretaña, podría quedar caduco tras «el vuelco francés», que no deja de traer a la memoria los recuerdos vinculados con la fractura del bloque en ocasión de la guerra en Irak.
En 2003 cuando se produjo la intervención norteamericana en Bagdad sin el aval de Naciones Unidas, Francia y Alemania se opusieron a enviar tropas a Irak, mientras que España, Gran Bretaña y otros países europeos se sumaban a la coalición organizada por Washington.
Esta «traición» del entonces presidente Jacques Chirac contra el aliado transatlántico de las dos guerras mundiales del siglo XX había enfriado las relaciones franco-norteamericas, pero también entre la UE y Estados Unidos y dentro de la OTAN.
En ese sentido, la llegada de Sarzkoy al poder en Francia anunció de inmediato un acercamiento entre ambos países que comienza a plasmarse, y por ello Washington no dudó en saludar de inmediato «la seriedad de la posición francesa» ante la cuestión iraní, enunciada justo antes de una visita de Kouchner a Estados Unidos.
Queda por ver la posición que adoptará Alemania, donde la canciller conservadora Angela Merkel está al frente de una compleja coalición con los socialdemócratas que limita su margen de acción.
Las primeras señales del gobierno alemán de cara al «vuelco francés» parecían positivas, aunque también relativizaban la amenaza lanzada.
«El gobierno francés ha indicado a justo título que todos los elementos de una situación muy dura para la comunidad internacional están reunidos y que por esta razón debemos hacer todo para evitar que Irán se dote del arma nuclear», señaló un portavoz de Berlín.