Mañana Francia abrirá una nueva página de su Historia, escrita por una nueva generación de políticos que asumirá el poder tras unas elecciones que atraerán la mirada del mundo y podrían provocar una revolución añadida aunque a esta hora poco probable: la llegada de una mujer a la Presidencia.
El ganador de las elecciones de mañana será el sexto presidente de la V República francesa, nacida hace casi medio siglo, y pondrá fin a los 12 años en el poder del conservador Jacques Chirac.
En la recta final de esta campaña y cuando faltan sólo horas para que 44,5 millones de franceses acudan a votar, los sondeos no dejan lugar a dudas: el candidato conservador Nicolas Sarkozy ganará a la socialista Ségolí¨ne Royal por una diferencia de entre seis y ocho puntos.
«Pero los franceses adoran dar la vuelta a elecciones previstas de antemano», advirtió en su edición del viernes el vespertino Le Monde.
El próximo domingo, dos concepciones diferentes de la sociedad francesa y dos recetas opuestas para sacar al país de la crisis económica y social se enfrentarán en las urnas.
De un lado Sarkozy, de 52 años, apóstol del orden, la seguridad y el valor del trabajo, que defiende ideas bastante polémicas en materia de inmigración o identidad nacional, pero tiene un plan viable y preciso para sacar al país de la crisis económica y promete ser el «portavoz de todo el pueblo francés».
Del otro, Royal, de 53, la primera mujer con posibilidades reales de convertirse en presidenta de un país donde la política de alto nivel siempre fue cosa de hombres, que asegura ser capaz de resolver los males de Francia sin brutalidad y conciliando progreso económico con justicia social.
Más allá de la izquierda y derecha que representan y de los valores que intentarán poner en práctica, Sarkozy y Royal son en sí mismos una bocanada de aire fresco en la clase política de este país, muy conservadora y a menudo alejada de los problemas reales de los ciudadanos.
Sin abandonar las ideas base de la derecha o del socialismo que representan, ambos han querido mostrar una cierta independencia y su deseo de cortar con los errores de sus respectivas familias políticas.
«Terminar con la impotencia política» y «dejar atrás un sistema que ya no funciona» o «dar un lugar en la República a sus hijos más débiles» son ideas repetidas en los discursos de ambos candidatos.
Aunque Sarkozy y Royal han sido ministros, ninguno de los dos ha sido jefe de gobierno, nunca se presentaron a unas elecciones presidenciales y no llegan a 55 años.
Su campaña, encendida, ágil, cercana, inesperada y apasionada, ha conseguido ya una gran victoria: reconciliar a los franceses con la política. En la primera vuelta de los comicios, el 22 de abril, cerca del 84% de los ciudadanos acudió a votar y el pasado miércoles por televisión más de 20 millones de telespectadores vieron el debate entre los dos finalistas.
«La comunicación entre la política y los ciudadanos se ha restablecido», celebró Pierre Zemor, miembro de la Comisión de sondeos en Francia.
Sarkozy, vencedor de la primera vuelta el 22 de abril con más del 31% de los votos, quiere ser un presidente de acción y hace soñar a millones de franceses hablando de la «República del mañana».
«Creo en la acción. Quiero actuar al servicio de mi país, Francia me ha dado todo y se lo quiero devolver», declaró esta semana el candidato.
Considerado por sus adversarios elitista, ultraliberal autoritario, inestable y demasiado brutal para ser presidente, Sarkozy ha hecho el esfuerzo de mostrarse sereno y abierto en sus últimos mítines.
Royal tuvo que luchar contra otro enemigo diferente en esta campaña: la fama de incompetente que le atribuyeron adversarios e incluso algunos compañeros de partido.
«Sé muy bien de lo que hablo y sé que pondré en práctica lo que digo. Seré la presidenta que hará que las cosas funcionen», prometió la socialista, considerándose la representante de una forma de autoridad «justa, que no sea ni ciega ni brutal».
Para Royal y Sarkozy, el desafío primero del 7 de mayo, una vez pasada la resaca de la victoria, será unir, comenzando por sus propias familias políticas, para poder gobernar y poner en práctica sus promesas de campaña.
«Yo no quiero unir a los partidos, sino a los franceses, más allá de diferencias partidarias», prometió Sarkozy.
«Aglutinaré todas las energías, vengan de donde vengan. Vamos a construir algo juntos», garantizó Royal.
Ségolí¨ne Royal, que disputará la segunda vuelta contra el candidato conservador Nicolas Sarkozy, podría pasar a la historia como la primera presidenta de Francia y en cualquier caso, como la primera fémina que osó inmiscuirse en terrenos reservados a los hombres de este país.
Con un estilo personal y atrevido y métodos que chocan con el inmovilismo de la vieja guardia socialista francesa, Royal, de 53 años, ha movido los cimientos de la izquierda y ha protagonizado una campaña electoral singular.
Madre de cuatro hijos, Royal reivindica su condición de mujer y promete que con ella en el poder «la política nunca volverá a ser como antes».
«Asumo mi identidad de mujer y hago política de otra manera», aseguró recientemente.
Deseosa de encarnar una renovación serena, tenaz y audaz de la izquierda, Royal ha recorrido toda Francia en los últimos meses para escuchar las angustias y expectativas de los franceses. Es lo que la candidata llama «democracia participativa».
A la cabeza
El candidato conservador Nicolas Sarkozy podría hacer realidad su sueño de convertirse en presidente de Francia, un momento por el que trabaja con ahínco desde hace años, convencido de reunir las cualidades para ser la persona que transforme este país.
Invulnerable, carismático, provocador, hiperactivo o desesperante: Nicolas Sarkozy, de 52 años, candidato más votado en la primera vuelta de estos comicios, el 22 de abril, provoca sentimientos encontrados, pero no deja indiferente.
El aspirante de la derecha se autoproclama candidato de la «ruptura», promete un nuevo modelo social basado en el trabajo, el orden y la autoridad y se esfuerza en marcar las diferencias con la política llevada a cabo por su predecesor, Jacques Chirac, pese a pertenecer al mismo partido.
Para sus partidarios, Sarkozy es un hombre de gran energía y honesto que sabrá dar seguridad a los ciudadanos y sacará a Francia de su actual crisis económica.