Sabiendo la forma en que operan la policía, los fiscales y los jueces, los ciudadanos cada vez nos sentimos menos motivados a recurrir al sistema de justicia cuando sufrimos una acción delictiva y al final de cuentas la gente se debate entre hacerse justicia por propia mano o simplemente rendirse ante la impotencia. Es una reacción absolutamente natural producto de una realidad que no se puede ocultar, puesto que si vemos que hasta cuando una entidad como la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala se estrella con las estructuras del crimen que controlan las estructuras de justicia en el país, qué puede esperar a un ciudadano común y corriente que decida llevar sus agravios a un juicio.
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Sin embargo, resulta que cuando adoptamos una de esas dos posturas, es decir la de hacernos justicia por propia mano o resignarnos ante el poderío de los criminales, estamos en realidad cayendo en el juego de éstos y apuntalando lo que con tanto empeño han forjado durante muchos años, es decir, la estructura tenebrosa de la impunidad en el país. Por supuesto que no es fácil librar batallas contra la corriente y, peor aún, contra un sistema tan enraizado, pero así como vemos que los criminales tienen la sartén por el mango para protegerse, disponemos de algunos casos paradigmáticos en los que la tenacidad y firmeza de las víctimas sacude las no casualmente anquilosadas estructuras judiciales.
En efecto, casos como el de Hellen Mack en la lucha por esclarecer el crimen contra su hermana y el de Nineth Montenegro en su persistente reclamo para aclarar qué pasó con su esposo y padre de su hija, son ejemplares para una población que no puede darse por vencida ni debe terminar agachada frente a las expresiones criminales, aunque no puede ocultarse que la gran exposición pública que tuvieron estas extraordinarias mujeres en su larga lucha ha servido al menos de mediana garantía para sus vidas, mientras que el ciudadano común y corriente que se presente a denunciar a un pandillero o que acuse a alguien de estarlo extorsionando, corre enormes peligros porque muchas veces los criminales tienen cómplices tanto en la Policía o el Ministerio Público, a donde debemos ir a formular las denuncias.
No es fácil, por lo tanto, romper el círculo vicioso de la impunidad, puesto que sin la participación de los ciudadanos para denunciar y acusar a los criminales es muy poco lo que se puede avanzar, aunque tiene que reconocerse el peligro que hoy en día entraña asumir esa responsabilidad cívica. Creo que un gran esfuerzo tiene que hacerse en programas como el de protección de testigos y en la depuración de la PNC para que los guatemaltecos puedan ir recobrando poco a poco la confianza en el sistema y decidan que no se van a arrodillar ante las expresiones criminales. Pero debe haber por lo menos un mínimo de confianza en que la lucha vale la pena, que los guatemaltecos que se decidan a forzar al sistema pueden encontrar apoyos significativos entre algunos policías, fiscales y jueces para empezar la larga lucha que nos devuelva el imperio de la ley.
Entender los miedos y peligros que corre la población en la búsqueda de la justicia es un paso importante para establecer una alianza entre la gente honesta y decente con los funcionarios que están comprometidos en la lucha contra la impunidad.