Flavio Santa Cruz, forjador de sentido


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La escultura de Flavio Santa Cruz se expone actualmente en la Escuela Nacional de Artes Plásticas como parte de la muestra titulada “Al arte tiempo” inaugurada el viernes 3. Se trata de una exposición itinerante con la que Mario García, Mauro López y el propio Flavio Santa Cruz recorren las escuelas donde se formaron como artistas y las galerías donde iniciaron sus carreras profesionales, con un sentido de generación que reclama un lugar bien definido en la historia del arte guatemalteco.

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Por Juan B. Juárez

La generación del 90, a la que pertenecen los expositores, se formó durante el conflicto armado y heredaron esa temática con la que, por razones vitales, ya no se identificaron. En su conjunto, los artistas de este generación rompieron no sólo con la noción demasiada estrecha de un arte comprometido sino también a la estética modernista y a las técnicas creativas tradicionales, de manera que cuando Flavio Santa Cruz adoptó el hierro como la materia de sus esculturas y la fragua y el yunque como herramientas del modelado, también dejó atrás los ideales formales y espirituales de la escultura académica.  En su trabajo ya no es la forma armónica entrevista por el espíritu la que encarna, gracias a los primores del oficio, en la materia noble que se aviene a prestar su sensualidad a la idea, sino que es la necesidad apremiante de expresión la que a golpe de martillo convierte en signo claro y consistente a un material demasiado duro para refinamientos emotivos y sutilezas intelectuales.  Así mismo, su escultura, enraizada en lo popular, invierte el sentido aristocrático de la comunicación artística y su ruda estética de taller no persigue confirmar sensibilidades cultivadas sino más bien liberarlas de los paradigmas que las deforman.

Lo que se manifiesta en sus obras con irrefrenable vigor son ciertos impulsos emotivos, ciertas certezas profundas y elementales, ciertas comprensiones intuitivas y repentinas, que se abren paso hasta la superficie confusa del presente a través elementos formales y literarios de la tradición popular, pero que ya no se resuelven como leyenda, mito o sabiduría ancestral sino que simplemente imponen su perturbadora presencia en la dinámica de nuestro mundo y de nuestra realidad más inmediata.  Así, si bien es cierto que en sus esculturas no encarna una visión idealizada del mundo que funcione como paradigma estético y moral y tampoco se articula en ellas una crítica a fondo de la realidad, cada una de ellas obedece, sin embargo, a una intención significativa muy precisa, dirigida a hacer ver aquellas presencias que en medio de nuestra cotidianidad social y cultural resultan incómodas y perturbadoras en más de un sentido.

Digamos que se trata de una especie de inspiración al revés.  Así, Flavio Santa Cruz no parte de místicos estados de gracia o de personales intuiciones de serenas armonías formales sino más bien de vivencias tumultuosas y perturbadoras que se dan en el contexto de su cotidianidad social y cultural.  Y el trabajo formativo que emprende desde ese estado infernal de existencia tiene desde sus inicios un componente compulsivo violento y angustioso, y consecuentemente, la necesidad urgente de liberarse de él, primero mediante la objetivación de su fuerza perturbadora y, luego, mediante la comprensión y el entendimiento de su sentido profundo.  Así, lo que se resuelve en la fragua y el yunque no es sólo un problema formal sino un problema de ser, de sentido del existir.  La resistencia del hierro a adaptarse a las fantasías de la imaginación mantiene a la escultura de Flavio Santa Cruz en el ámbito de un realismo irónico que es al mismo tiempo heroico y trágico.