Finalmente: Monsieur le president


Seguidores. Partidarios de Nicolás Sarkozy esperaron en las calles de Parí­s para observarlo.

Nicolas Sarkozy disfrutó más de una vez imaginando cómo serí­a la jornada que vivió finalmente hoy, cuando se convirtió en presidente de la República francesa, un sueño por el que trabajó sin tregua desde hace años con una energí­a desbordante y una ambición que no dejó a nadie indiferente.


Después de una carrera polí­tica brillante y fulgurante de tres décadas, el conservador Sarkozy, de 52 años, podrá ejercer como «el presidente de todos los franceses» y poner en práctica su revolucionario programa de «ruptura» que promete dejar atrás los lastres del pasado.

«A la Francia que quiere seguir viviendo, al pueblo que no quiere renunciar y merece nuestro amor y respeto les digo estoy decidido a no decepcionarles», prometió el jefe de Estado en el discurso de su investidura, el miércoles.

El nuevo presidente de Francia, que pertenece a una nueva generación de polí­ticos, desea ser quien rescate a Francia de la crisis social y económica en la que se halla inmersa. Para lograrlo cuenta con un programa concreto, ambicioso y viable y con un gobierno que dará a conocer en estos dí­as y que incluirá a nombres de la izquierda y el centro con un único objetivo: la eficacia y los resultados.

Con una ambición prácticamente sin lí­mites, aparentemente invulnerable, hábil comunicador, carismático, provocador e hiperactivo: Nicolas Sarkozy, para bien o para mal, no deja indiferente a nadie y toda la clase polí­tica reconoce su innegable valí­a.

El nuevo presidente promete un nuevo modelo de sociedad basado en el valor del trabajo, el orden, la moral y el respeto a la autoridad. No tiene pelos en la lengua para reivindicar su condición de polí­tico conservador, defiende sin complejos la identidad nacional y el control severo de la inmigración y no oculta que en la Francia que él quiere construir, habrá que esforzarse más para ganar y merecer más.

Literalmente seducidos por el huracán Sarkozy, sus fieles consideran que será el único capaz de poner fin a la crisis, terminará con el laxismo y falta de realismo de sus predecesores y reconciliará a los franceses con sus dirigentes.

Pero para sus detractores, el lí­der de la derecha es un hombre que inspira miedo, totalmente inestable y brutal, que no tiene capacidad para presidir Francia.

Hijo de una abogada francesa y un inmigrante húngaro, Sarkozy será además el primer presidente de la República francesa divorciado y casado en segundas nupcias con Cecilia, una ex modelo de origen español.

A los 19 años, Sarkozy ya dirigí­a las juventudes de la derecha francesa, a los 20 pronunció un discurso que dejó con la boca abierta a todos los viejos lobos del partido y con menos de 30 fue elegido alcalde de Neuilly sur Seine, una ciudad burguesa de las afueras de Parí­s, un cargo que conservó casi 20 años.

Sarkozy cayó en desgracia cuando en las presidenciales de 1995 apoyó a Edouard Balladur frente a Jacques Chirac, quien fue finalmente elegido.

Pero este abogado nunca se rindió. La pasión por hacer realidad sus sueños polí­ticos fue más fuerte que todo y Sarkozy consiguió levantarse y volver a la primera lí­nea.

Cuando Chirac fue reelegido en 2002, el mandatario dejó de lado sus rencillas y reconociendo su valí­a, convirtió a su ex discí­pulo en uno de sus principales ministros.

Sarkozy fue titular de Interior desde 2002 hasta marzo de 2007 (con una interrupción de varios meses en los que fue titular de Economí­a), donde dio una idea de cómo será su presidencia.

Sus declaraciones durante la violenta revuelta en los suburbios de Parí­s en noviembre de 2005, cuando llamó «escoria» a sus jóvenes habitantes, las afirmaciones despectivas hacia los musulmanes y su comportamiento «elitista» provocaron un fuerte movimiento anti-Sarkozy en estos suburbios donde la exclusión es dramática.

El sprint final a la presidencia de este polí­tico se inició cuando asumió el liderazgo del partido Unión por un Movimiento Popular (UMP), en 2004, el partido creado con Chirac, quien hubiera pagado millones para no tener que ver su ascensión imparable.

En los meses venideros, logró una adhesión sin fisuras de la derecha, provocó miles de nuevas adhesiones a la UMP y en los últimos tiempos, recibió apoyos simbólicos de la izquierda y el centro.

Finalmente en marzo consiguió el apoyo que le faltaba, el de Jacques Chirac, quien sin embargo no participó en ningún acto de la campaña y se resignó finalmente a entregar las llaves del Elí­seo el miércoles a su discí­pulo más brillante y más rebelde.