Fiesta, mujeres y música «grupera» son la perdición de narcos mexicanos


Miembros del cártel Beltrán Leyva fueron capturados dí­as antes de que muriera su lí­der. FOTO LA HORA: AFP JORGE DAN Lí“PEZ

El operativo en que murió Arturo Beltrán Leyva, el tercer capo más buscado en México, se inició según autoridades tras la detención hace una semana de músicos y prostitutas, en una fiesta organizada para sus lugartenientes.


La debilidad de los narcotraficantes por las celebraciones ostentosas, mujeres bellas y música de corridos parece ser su talón de Aquiles.

Una larga lista de capos cayó desde fines de 2008 en operaciones en que las autoridades irrumpieron en fiestas, cumpleaños, matrimonios y hasta bautismos.

Beltrán Leyva, conocido como «El barbas» y que se proclamaba como «El Jefe de Jefes», murió en un enfrentamiento con infantes de marina, apoyados por el Ejército, en un complejo residencial de Cuernavaca, 90 km al sur de la capital.

El 11 de diciembre, varios de sus hombres fueron capturados en una localidad vecina mientras celebraban una «posada», el tradicional festejo prenavideño mexicano.

También fueron detenidas y liberadas luego 24 prostitutas y varios músicos, entre ellos Ramón Ayala, intérprete ganador de cuatros Grammy e integrantes del «Los cadetes de Linares» un popular conjunto de la llamada música «grupera».

Una fuente de la procuradurí­a dijo a periodistas que la acción en que murió Beltrán pudo realizarse gracias a que algunos de los detenidos informaron que el capo huyó herido.

El clan de los cinco hermanos Beltrán Leyva es acusado por Washington de introducir a Estados Unidos unas 200 toneladas de cocaí­na y otro tanto de heroí­na entre 1990 y 2008.

«El Barbas» no es el único de la familia ví­ctima de su debilidad por los placeres. Su hermano Alfredo, fue sorprendido por militares en enero de 2008 en un encuentro amoroso clandestino al que acudió desprotegido.

Su captura desató una guerra entre los Beltrán Leyva y su socio Joaquí­n «Chapo» Guzmán, que ha cobrado cientos de muertos.

Las fiestas «son un gran espacio propio en el que los capos superan la barrera de la miseria», comentó el escritor Elmer Mendoza, que analizó el tema para su novela «Balas de Plata», ganadora del premio Tusquets.

Para los capos «hacer una gran fiesta con su música y llenarla de mujeres hermosas es una forma de demostrar éxito», apuntó.

Así­ lo corroboran otras capturas. En octubre de 2008, 15 narcotraficantes, entre ellos 11 colombianos, cayeron mientras festejaban en las afueras de la capital mexicana en una lujosa mansión con puertas talladas en madera preciosa y zoológico privado.

Santiago Meza alí­as «El Pozolero», apodado así­ por su macabra misión de disolver en acido los cuerpos de unos 300 enemigos, fue detenido en enero pasado tras una fiesta de varios dí­as en Tijuana (norte) con música norteña, coches sin placas, y prostitutas entrando y saliendo.

Sus compañeros huyeron pero «»El Pozolero» estaba tan intoxicado que no se dio cuenta y cuando lo tendieron con las manos en la nuca sobre la arena dijo: «No saben con quién se meten»», narró el periodista Héctor de Mauleón, quien documentó el episodio.

Rafael Cedeño, una suerte de predicador encargado de animar a los sicarios del cártel de «La Familia» con proclamas pseudo-religiosas, cayó en abril mientras festejaba un bautizo en un hotel de Morelia, capital de Michoacán, a donde llegaron unos 400 militares.

La música escuchada en esas fiestas es también «un asunto cultural» agrega Mendoza. Los narcos «tienen una tendencia a lo intenso y el corrido siempre está unido a las hazañas», muchos tienen canciones en su honor que les gusta oí­r, apunta.

Este escritor dice preferir contar sobre los viejos narcotraficantes que «viví­an en mansiones, tení­an esposas gordas y trataban con gobernadores, presidentes y militares, pero eran menos proclives a la violencia».

«Pero sin duda a todos les gustan las mujeres hermosas» y todos, los de antes y ahora, seguirán haciendo fiestas pues para ellos «es la hora del relax, en la que no tienen lí­mites, el punto en que equiparan su vida a la gente normal».

«El Barbas» no es el único de la familia ví­ctima de su debilidad por los placeres. Su hermano Alfredo, fue sorprendido por militares en enero de 2008 en un encuentro amoroso clandestino al que acudió desprotegido.
Las fiestas «son un gran espacio propio en el que los capos superan la barrera de la miseria», comentó el escritor Elmer Mendoza, que analizó el tema para su novela «Balas de Plata», ganadora del premio Tusquets.