En las primeras horas de la madrugada de hoy, horas de Cuba y también de Guatemala, se publicó el mensaje que Fidel Castro dirigió a sus compatriotas en el que anuncia que no aspirará a ninguna designación como Presidente del Consejo de Estado y de comandante en Jefe y que tampoco las aceptaría en caso de que fuera electo por la Asamblea que se instalará el fin de semana. El argumento básico de Fidel Castro es que no posee las condiciones físicas de movilidad que demandan esas posiciones y por lo tanto a partir de ahora, dedicará su tiempo a seguir escribiendo.
Las «Reflexiones del Comandante en Jefe» que se venían publicando desde que Castro empezó a recuperarse de la dolencia que le obligó a retirarse de sus funciones oficiales, serán ahora «Reflexiones del compañero Fidel» y a ellas dedicará su tiempo el veterano dirigente de la Revolución Cubana y sin duda alguna una de las figuras políticas más polémicas y de mayor trascendencia de los últimos 50 años.
Con Castro no hay medias tintas y no existen análisis objetivos y sin pasión. Quienes se identifican con la Revolución Cubana lo idealizan como estadista visionario y quienes se declaran enemigos de ese proceso lo señalan como un vulgar dictador que aherrojó a todo un pueblo durante cinco décadas. La verdad es, obviamente, distinta a esos dos enfoques radicales y sectarios.
No se puede hablar de Castro y medir su importancia sin una relación histórica que es determinante en su vida y su proyección. Imposible hablar de su papel histórico sin mencionar a los Estados Unidos porque para bien o para mal, su gestión estuvo siempre marcada por la conflictiva relación entre esos dos países tan cercanos geográficamente, pero tan distantes en muchos sentidos.
Siempre nos hemos preguntado qué hubiera sido de Fidel Castro si Estados Unidos no antagoniza a la Revolución Cubana como lo hizo a finales de los años 50 y principios de los 60, lanzando de alguna manera a los dirigentes de esa gesta que combatió a la dictadura de Batista en brazos de la Unión Soviética en lo más álgido de la guerra fría. Apenas habían pasado cuatro años de la intervención norteamericana en Guatemala para derrocar a Arbenz y esa agresión estuvo siempre presente en el ánimo de los nuevos gobernantes de la isla cuando decidieron emprender un programa de reformas sociales que afectaba intereses de empresas norteamericanas tan poderosas en la economía cubana.
Pero como la historia no puede sino interpretarse y jamás reescribirse, el hecho cierto es que Washington se propuso desde los últimos días de la administración Eisenhower y los primeros de la administración Kennedy, acabar con la Revolución Cubana y eso estrechó los vínculos con el Kremlin y, además, creó una fuerte conciencia de nacionalismo en la isla que se ha vigorizado al tenor del embargo económico que durante décadas ha sido el mejor pretexto que ha tenido el régimen para justificar los problemas económicos y las carencias que afectan a la población.
Los logros en desarrollo humano, entendido el concepto en toda su amplitud, son indiscutibles y Cuba ocupa uno de los primeros lugares de Latinoamérica. La falta de libertad para disentir es una realidad también indiscutible. Pero ahora que Castro anuncia su retiro definitivo del ejercicio directo del poder, por mucho que seguirá influyendo en Cuba y en el mundo con sus reflexiones periódicas, empezaremos a ver si su legado tiene profundas raíces en el pueblo de Cuba o si la revolución era tan obra suya que fenece cuando se desvanece su poder.