Para cualquier sociedad con raíces cristianas, esta es posiblemente la fecha más especial del año, cuando conmemoramos el acontecimiento del nacimiento de Jesús en su venida al mundo para redimir a la humanidad. Guatemala es una de esas sociedades con profundo sentimiento de cristiandad y por ello para la inmensa mayoría de la población el 25 de Diciembre constituye una auténtica fiesta que, aunque bastante contaminada por el consumismo, sigue siendo el festejo espiritual por excelencia.
Llega esta Navidad en condiciones que tenemos que admitir como especiales. Por un lado inmersos en una vorágine de violencia que nos afecta a todos y que preocupa a la población por la ausencia de perspectivas que nos permitan confiar en avances contra el crimen organizado. Pero a ello se suma ahora la complejidad de una crisis económica de dimensiones mundiales cuyas implicaciones no podemos medir al momento y que siembra incertidumbre entre los guatemaltecos porque no sabemos cuál será al final de cuentas el impacto que hemos de soportar.
Desafortunadamente se perdió el sentido de confianza en una autoridad que pueda ilustrarnos objetivamente sobre lo que nos espera y lo que debemos hacer para paliar la situación. No existe, ni en seguridad ni en economía, un ente administrativo capaz de marcarnos el horizonte y danos una idea de lo que nos espera. Por el contrario, todo lo que escuchamos son expresiones demagógicas que siguen basándose en ofrecimientos como si estuviéramos en campaña electoral y no frente a una realidad que demanda más que palabras, un conjunto de acciones bien pensadas y definidas para entrarle a la solución de los problemas.
Pocas veces la noche del 24 de Diciembre nos ha encontrado en una situación de tanta incertidumbre como la que hoy por fuerza estamos viviendo. Por lo general, en estos fines de año aunque sea con falsas ilusiones nos vamos creando la idea de que al darle vuelta a la última hoja del calendario empezamos otra etapa en la que hay motivos para pensar en prosperidad y bienestar. Hoy no ocurre lo mismo porque vemos que los sueldos no alcanzan, que la estabilidad laboral está en riesgo y porque, lo peor de todo, sabemos que el peligro de una acción violenta nos amenaza a todos.
Por ello es que en esta oportunidad tenemos que ver las cosas con una perspectiva más realista, sin ese color de rosa que siempre es propio de la Navidad, para entender que el futuro de nuestro país no está en manos de las autoridades que, está demostrado, no atinan a jugar el papel de conductores en tiempos normales, no digamos en períodos de crisis sino en nuestras propias manos. Con esa fe y convicción es que sí podemos desearnos mutuamente Feliz Navidad.