En la columna de este viernes continuaremos exponiendo aspectos específicos sobre la música de Federico Chopin, refiriéndonos a la opinión de ilustres compositores e intelectuales de la época que conocieron al insigne compositor y el carácter de su música. La música para piano de Chopin es como la vida dulce de Casiopea, esposa dorada, que es corola de luz, florecida semilla elaborando el surco que abraza la raíz de mi vida, y es canción de estrella y rutilante flor incorporada a mi camino.
Como lo habíamos indicado el viernes, cada una de las formas musicales de Chopin es distinta en el carácter de su expresión, que va desde el sentimiento patriótico de las polonesas a la poesía alada de las baladas, pasando por el miniaturismo delicioso de los preludios y el lirismo soñador de los nocturnos. En lo que se refiere a los estudios, si bien es verdad que Chopin se preocupó de los aspectos técnicos, no menos cierto que estas composiciones están vitalizadas por un gran impulso espiritual que las convierte en obras artísticas muy considerables. Chopin dotaba de poesía todas las formas que construía.
Nunca, sin embargo, la proporción de la forma y la belleza de la idea musical han de impedirnos ver en la música de Chopin una vinculación estrechísima, directa y querida con el folklore polaco, pero no como elemento a estilizar ni como suministrador de temas concretos a desarrollar o transformar, sino como factor determinado del «polonismo» que resuma toda la obra de este compositor, en la cual se advierte el vigor de lo popular en calidad de vitalizador de la creación personal. El patriotismo de Chopin está no sólo en sus composiciones más marcadamente polacas (mazurcas, canciones, polonesas) sino en toda su producción, porque el «polonismo» que la nutre viene determinado por el lazo que unía al compositor con la cultura de su pueblo y por el deseo de identificarse con ella. Aunque el artista vivió más de la mitad de su vida fuera de Polonia, siguió pensando como polaco, sin que la existencia de mazurcas en su catálogo pueda ser considerada como un hecho sin significación.
La música polaca de Chopin es el resultado de la unión de diversos factores, entre ellos la asimilación de las esencias folklóricas y la conexión con las tradiciones de su país. Sin ellas el estilo chopiniano sería otro. Sofía Lissa señala en su comentario sobre la obra chopiniana que «a las tradiciones artísticas polacas del preromanticismo, une las formas de la composición de la polonesa, que recogió desde los tempranos años de su niñez, tal como la arreglaban, antes de él, Oginski, Kuprinsiki, Elmer y otros compositores de menor categoría. De la manera sentimental de la polonesa, como canción de salón, o de su forma usual de danza, como era presentada, anteriormente, surgen heroicos y dramáticos poemas, pinturas musicales que van más allá de lo que el mismo Chopin había encontrado; esto es precisamente su mérito».
En el medio ambiente varsoviano, en el cual se desarrolló Chopin, florece el brillante estilo de los conciertos y estudios de Juan Nepomuceno Hummel, así como los sentimentales nocturnos de Juan Field, realizados también por compositores polacos, como Maria Szymanowska, Félix Ostrowski y otros. Chopin da a estas formas musicales un sentido y un contenido nuevos.