Federico Chopin: apuntes sobre su música IV


En la columna anterior apuntamos acerca del gran sufrimiento del compositor romántico Federico Chopin. El clima de Palma de Mallorca le obligó a regresar a Francia. Puesto que en Parí­s se desencadenaba la peste, de la cual murieron varios de sus amigos, vivió varios meses en el campo. Cuando pudo arriesgarse a ir de nuevo a la ciudad, se instaló otra vez con lujo, aunque en modo alguno disponí­a de los medios necesarios. Pero antes de continuar con el último esbozo sobre la vida del ilustre maestro, es preciso rendir tributo a Casiopea amada, esposa dorada de quien aprendí­ el lenguaje del agua y la flor. Del sueño enternecido y del aroma indivisible.

Celso Lara

Con gran asombro, el ilustre maestro observó un dí­a que no poseí­a ya un solo franco; Jane Sterling le envió anónimamente una gran suma. La angustia que sufrió Chopin en esta época se desprende del diario del pintor Delacroix, el cual le visitaba regularmente. Las visitas de su hermana predilecta, Luisa, y de su amada de otros tiempos, Delfina Potocka, que cantó para él poco antes de su muerte, le dieron la última alegrí­a. Chopin quiso que al morir, su corazón fuera llevado a Varsovia en una urna dorada (él sabí­a que los rusos no permitirí­an el traslado de su cadáver) y que se le sepultara en el cementerio de Pere-Lachaise, junto a Bellini; en las exequias debí­a ser interpretado el Réquiem de Mozart. Lo último que dijo (en polaco) fue: «Madre, mi pobre madre». De esta manera se extingue una de las figuras más importantes de la música occidental, el 17 de octubre de 1849, a los 39 años de edad.

Para finalizar estas lí­neas biográficas, veamos algunos juicios que sobre Chopin ha emitido la historia:

Debussy: para opinar de «los nervios de Chopin no supieron plegarse a la paciencia que exige la composición de una sonata, por lo que más bien hizo extensos «bocetos». En todo caso, se puede afirmar que inauguró una manera personal de tratar dicha forma, por no hablar de la deliciosa musicalidad que inventó en esta ocasión. Era un hombre de ideas generosas que cambiaba frecuentemente sin exigir una colocación al ciento por ciento, lo que es la gloria más clara de algunos de nuestros maestros».

Según Paderewki: «La obra de Chopin es honda y violenta como un cráter en erupción. Con su música embelleció y ennobleció todo. En las entrañas de la tierra polaca descubrió piedras preciosas con la que nos formó un tesoro. Cuando Chopin nació, ya habí­a empezado el triple asesinato de nuestra patria. Cuando se despidió de Polonia para siempre, ya se anunciaba la tormenta. Partió, pero no solo? Se llevó consigo el espí­ritu de la tierra paterna, que conservó hasta el fin de su vida? Ahora se yergue entre el fulgor de la gloria, coronado con las flores, siempre lozanas, del entusiasmo y del amor».

De acuerdo con George Sand: «A Chopin no le conoció, ni le conoce todaví­a, la gran masa. Será menester que se operen grandes progresos en el gusto de la inteligencia del arte para que sus obras se popularicen? Llegará un dí­a en que todo el mundo sepa que aquel genio tan vasto, tan completo, tan sabio como cualquiera de los grandes maestros que se asimiló, encerraba una individualidad más exquisita todaví­a que la de Juan Sebastián Bach, más poderosa todaví­a que la de Beethoven, más dramática todaví­a que la de Weber. Es como los tres juntos, pero también él mismo, es decir, más refinado en el gusto, más austero en la grandeza, más desgarrador en el valor».

Como hemos visto en los esbozos biográficos, la música de Federico Chopin se expresa toda a través de la sonoridad del piano. Posteriormente se conoció algunas obras dedicadas a otros instrumentos e incluso para orquesta. Franz Liszt nos habla de un Réquiem escrito por Chopin, pero hasta la actualidad, las investigaciones musicológicas no lo han encontrado.

Para concluir estos apuntes, veremos detenidamente la obra para piano de este gigante del teclado. Examinaremos en primer lugar, las baladas. Estas piezas no tienen nada en común con el aire de danza medieval cuyo nombre recuerdan. Están conseguidas, antes bien, sobre la balada cantada de Schubert y Lí¶ewe. Sin embargo, como poema épico instrumental la balada es una creación de Chopin. De forma espontánea y magistral, logró la nueva forma y el nuevo contenido.

El espacio reducido nos obliga a concluir esta columna, no sin antes hacer mención que las notas anteriores las basamos en múltiples estudios biográficos, entre los que cabe mencionar los de Carlos Martí­nez Durán, C. Hí¶weler, André Lavagne, George Sand, Romand Rolland y José Parramón, además de nuestros propios conocimientos sobre la historia de Federico Chopin y la música occidental.