Se hizo mención en la columna pasada que la música de Federico Chopin se expresa toda a través de la sonoridad del piano, aunque se conocen algunas obras dedicadas a otros instrumentos e incluso para orquesta. En esta oportunidad, veremos detenidamente la obra para piano de este gran maestro. Como ya lo apuntamos, las baladas. Estas piezas no tienen nada en común con el aire de danza medieval cuyo nombre recuerdan, ya que Chopin es quien le dio una nueva forma y estilo a este género. Pero antes de continuar es preciso rendir tributo a Casiopea, esposa sublime y dorada, exquisita esencia que radiante de sol, ha cegado mis pupilas, porque es viva primavera que pasa como innumerable aroma recogiendo mi esperanza.
Balada Op. 23, en Sol Menor
El motivo fundamental de esta pieza es la angustia, y ciertamente que lo indeterminado de este sentimiento profundo no se puede expresar con palabras; se muestra aquí que la música posee habilidades de las cuales no dispone la literatura: angustia, pero también su contraposición (felicidad visionaria), son las figuras de este poema épico sin palabras.
Balada Op. 38, en Fa Menor
Según Chopin, esta obra está inspirada en la balada Suites del poeta polaco Adam Mickiewicz. Suites es el nombre de un lago lituano que ha motivado diversas leyendas. Por la noche, se oye el fragor de las armas y tañer de campanas, que sale de sus profundidades. El descendiente de uno de los poseedores de esta comarca quería desentrañar el secreto del lago y mandó registrarlo con una gran red. Encontró una maravillosa mujer que les relató la historia de sus antepasados: donde está ahora el lago, hubo entonces un fructífero país con un castillo en el que vivía la familia de Tuhan. Cuando el príncipe de los lituanos fue atacado hace siglos por los rusos, marchó el Señor de Tuhan a la lucha. Apenas estuvo lejos, los rusos sitiaron el castillo.
Las mujeres prefirieron morir a ser deshonradas por el enemigo. Entonces la hija de Tuhan imploró a Dios, y antes de que hubieran terminado su oración, se hundió la ciudad, y en su lugar se formó un lago. Dios convirtió a las mujeres y los niños de Switez en flores; quien arrancaba una de ellas encontraba la muerte. Cuando la mujer hubo contado esto, volvía al lago, el cual la acogía de nuevo. Chopin no se ha esforzado en ilustrar musicalmente esta leyenda. Después de un misterioso «í‰rase una vez?», repetido algunas veces, describe el insondable misterio de la naturaleza, que la leyenda intenta expresar con palabras, de una forma ingenua.
Balada Op. 47, en La Bemol Mayor
También esta balada se refiere a la poesía de Mickiewecz Switesanka que trata el mismo asunto que Loreley de Heine: una sirena atrae a un muchacho hacia el mar. El canto de la sirena y la fascinación del agua ondulante son los únicos lemas de esta misteriosa página musical.
Balada Op. 52, en Fa Menor
«Lo que hay en el fondo del alma», podría ser el motivo de esta pieza demoníaca. Comparado con ella, el descenso del Fausto hasta donde están «las madres» es un relato objetivo; el sábado de las brujas de la Sinfonía Fantástica de Berlioz, una danza humorística. Sin embargo, no es una Strindbergiada, pues a pesar de todo lo demoníaco, persiste el rasgo de dulce humanidad. En pocas palabras: la balada de las baladas.
Los Conciertos
Bajo la influencia de su amor por Constanza Gladkowska compuso Chopin en Varsovia dos conciertos para piano. Al mismo tiempo que hablaba de sus bellezas musicales, ha dicho Beriloz algo bastante cierto, cuando hizo notar que la orquesta en estas obras desempeña el papel tan sólo de un acompañamiento frío y casi innecesario.
El Concierto Op. II en Mi Menor, designado como Primer Concierto para piano, fue escrito después del Segundo, Op. 21 en Fa Menor; Chopin mismo tenía predilección por el Op. II, el cual contiene como parte central la magnífica «Romanza».
Los Estudios
Es difícil encontrar un compositor tan modesto como Chopin, que asignó como Estudios su Op. 10 y su Op. 25. Punto de partida de estas obras es ciertamente una dificultad técnica, pero la originalidad y poesía de estos Estudios es tan notable que lo pedagógico se convierte en cosa de poca importancia. Si bien es cierto que el dominio de la técnica ha llevado a nuevas posibilidades. La Op. 10 está dedicada a Franz Liszt. La Op. 25, a la Condesa d’Agoult, madre de Cósima Liszt, esta última, en 1870, segunda esposa de Ricardo Wagner (Continuará).