A mí me da pena don í‰rick ílvarez, el honorable monolingí¼e Presidente de la Corte Suprema de Justicia, después de las indiscretas informaciones referentes al fatigoso, incómodo y sufrido viaje que realizó a Brasil en diciembre anterior, al ponerme a pensar qué haría el alto magistrado cuando era un simple abogado litigante y que por alguna circunstancia propia de su profesión tenía que viajar a San Pedro Carchá, y al intentar pedir un plato de comida para saciar su apetito no lograba su cometido gastronómico porque en el comedor sólo hablaban q»eqchi».
Si se toma en consideración que en Guatemala se hablan más de 20 idiomas mayas, menudo problema ha de haber representado para el togado ílvarez aceptar casos que implicaran viajar al interior de la República y entrevistarse con patrocinados suyos de raza mam, kaqchikel o tz»utuhil, para citar casos que vienen a mi falible mente, aunque presumo que viendo la prestancia como se percibe a don í‰rick en la televisión, él sólo se hacia cargo de casos en los que sus interlocutores tuvieran su misma elegancia y hablaran correctamente el castellano.
    Pero también me pongo a pensar qué hacía el abogado ílvarez cuando, por razones de turismo o de estudio, tenía que viajar por Europa y visitaba  Oslo, Atenas o Lisboa, ya no digamos si se veía obligado a viajar a Beijing, y sin tener un intérprete de su confianza a la par.
  El caso del presidente de la CSJ me trae a la memoria la forma cómo nos las arreglábamos varios periodistas y abogados latinoamericanos que en 1974 o 75 -no recuerdo con precisión- fuimos invitados por la entonces llamada República Federal de Alemania a una beca de estudios, y para no aburrirnos con los hospitalarios germanos, los fines de semana decidíamos -mochila al hombro- visitar Francia, Italia, Holanda o Bélgica, aprovechando la rapidez de los trenes europeos y los albergues para turistas pelagatos como nosotros.
  Cómo nos hubiese agradado contar con guapas chicas que nos guiaran por las calles de París, Roma, ímsterdam y Bruselas, pero como éramos simples mestizos de Latinoamérica sin cargo burocrático alguno, teníamos que valernos por nosotros mismos a como diera lugar para superar las barreras idiomáticas.
  Precisamente al acordarme de esos viajes relámpagos por países europeos, es que me enfadan las críticas al jurista ílvarez, quien, por si usted no lo sabía, se vio obligado a hacerse acompañar de la esbelta señorita bilingí¼e Londy Castillo Pineda, una de sus dos secretarias, para que le sirviera de intérprete, y quien,  entre otras funciones en sus horarios regulares, atiende las llamadas telefónicas del presidente del  CSJ y le mantiene actualizada la guía de los números telefónicos de instituciones, empresas y funcionarios con los que su jefe se relaciona.
  Las envidiosas críticas obedecen a que para que el adusto magistrado y lejano amigo del comisionado Carlos Castresana, el mero tenazudo de la CICIG, pudiera participar en la XV Cumbre Judicial Iberoamericana de presidentes de cortes supremas de justicia, el Organismo Judicial erogó Q129 mil, de los cuales al señor ílvarez le correspondieron un poquito más de Q74 mil, mientras que su secretaria necesitó de Q50 mil y piquito, por pago de hospedaje, alimentación y boletos aéreos en primera clase. Aunque los anfitriones pagaron comida y dormida.
  (Sin aludir a ningún magistrado, el gí¼izache Romualdo Tishudo le comenta  a un amigo abogado: -Según un refrán popular, la experiencia es un peine que te regalan cuando ya te quedaste calvo).Â