Llego a Roma y me entrevisto con feligreses de una Parroquia de la ciudad de Cave. Son agradables, conversadores, pero sobre todo, muy convencidos de su fe. Se sienten cómodos con el Papa Francisco, pero nunca expresan desaprobación por Benedicto XVI. “Hizo bien con renunciar al papado, siempre lo recordaremos por ese gesto humilde ejemplar”, me explican.
Cenamos. Unos ponen queso, otros preparan la pasta y sirven el vino. Con nosotros, cuatro curas de distintas parroquias. Ninguna mujer en esta ocasión, caso raro porque habitualmente son acompañados por sus esposas (me refiero a los parroquianos), hijos y hasta sobrinos. La de hoy es una reunión improvisada para despedir a un padre de viaje a América. El ambiente es de mucha confianza.
Yo estoy en Cave por la generosidad de un cura y una orden religiosa que me invitó a pasar días de descanso (un regalo del cielo). Los feligreses son gente devota, pero crítica. De inmediato, luego de un par de copas, le expresan a Monseñor, un sacerdote que trabaja en el corazón del Vaticano, su desaprobación con varios temas morales de la Iglesia Católica. “Jamás podré estar de acuerdo con eso de negarle la comunión a una mujer divorciada. No puedo creer que la Iglesia todavía sostenga esas cosas y las excluya de la Eucaristía”.
Otros hablan de la apertura de Francisco en temas de doctrina moral. “Quién soy yo para juzgar a los homosexuales”, me encantó esa frase de Francisco, dijo uno. “Va más allá de una lectura literal. Es simbólico”, concluye. Creo, dice otro, que es bueno que este Papa quiera dialogar. Es necesario que se nos escuche, que revise su doctrina sobre la contracepción, el sacerdocio femenino y la opción de que los curas puedan casarse.
Todo fue dicho con serenidad y respeto, nunca con las bribonadas que puede provocar una borrachera en estas latitudes. El vino se bebía con medida y no contenía los grados de alcohol del producto comercial. Monseñor escuchaba atento y como podía se defendía y explicaba. Los feligreses escuchaban atentos, siempre dispuestos a rebatir. Todo un banquete no filosófico, sino teológico y/o doctrinal.
Regreso a Guatemala y vuelvo a la realidad. Católicos fundamentalistas que se crispan y se cierran al diálogo. Caballeros Templarios decididos a tomar las armas (con escuela y diplomacia, pero siempre con violencia). Comunidades asociadas a grupos de extrema derecha, conservadores. Se movilizan serpentinamente y buscan la inmovilización de la Iglesia. Se escandalizan por los temas morales que juzgan aberrantes, pero callan la pederastia dentro de la Iglesia y la encubren “pro bono pacis”, dicen.
Imagino la lucha diaria que libra Francisco con estas joyas herederas del fariseísmo. Dios lo bendiga y le dé fuerza para sortearlos con inteligencia y fortaleza.