La Constitución Política de Estados Unidos garantiza varios derechos a todas las personas que residen en su territorio, independientemente de su estatus migratorio, es decir, no sólo a los ciudadanos de ese país ni a los inmigrantes documentados.
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La Cuarta Enmienda protege a toda persona contra requisas y allanamientos irracionales y la 14ª. Enmienda garantiza el debido proceso y la igualdad de derechos ante la ley para todas las personas que viven en esa nación.
Pero tales enunciados se parecen mucho a las series de TV sobre temas judiciales y policíacos, en el sentido de que una es la teoría y la ficción, y otra muy distante es la cruda realidad, especialmente porque los inmigrantes ilegales carecen de mínimos derechos. En los centros de detención, en las audiencias ante autoridades migratorias y en los casos de deportación, los derechos humanos son papel higiénico.
Si no, allí están los 290 guatemaltecos capturados, con otros cien latinoamericanos en Iowa, a menos de dos semanas que el presidente Bush ofreciera a su colega de Guatemala, ílvaro Colom, que podría interceder para que no prosiguieran las capturas y deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados guatemaltecos, pero que casi nadie le dio crédito, en vista de la fama de embustero que se ha granjeado. Recuerden las veces que ha mentido en el caso de la invasión a Irak.
Hace poco yo escribía en este mismo espacio que Estados Unidos es signatario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948, del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que tienden a proteger a los ciudadanos de cualquier nacionalidad en todos los países signatarios.
Dejando al margen esas consideraciones jurídicas de aplicación general, ciudadanos y gobernantes de esa nación hacen alarde de que Estados Unidos fue creado bajo principios y valores judeo-cristianos, y sus presidentes juran con una mano sobre la Biblia; pero ni siquiera se recuerdan que el libro de Levítico reza que «Cuando un extranjero resida contigo en tu tierra, no lo molestarás. í‰l será para ti como uno de tus compatriotas y lo amarás como a ti mismo porque tu fuiste extranjero en Egipto», y se olvidan del mandamiento del buen Jesús cuando, según el evangelio de san Mateo, exhorta a «Alimentar a los hambrientos, cuidar a los enfermos y recibir a los extranjeros».
Ah, vanidad de vanidades, solía decir el Predicador. Hipocresía de fariseos, sentenciaba frecuentemente el Hijo de Dios.
(El general norteamericano Romuald Rice arenga a sus marines en una indefensa isla caribeña: -¡Ya saben, soldados! Si son muchos, corremos; si son pocos, nos escondemos, y si no hay nadie enfrente, ¡a luchar, que para morir nacimos!)