Fariseí­smo de la polí­tica migratoria de EE.UU.


La Constitución Polí­tica de Estados Unidos garantiza varios derechos a todas las personas que residen en su territorio, independientemente de su estatus migratorio, es decir, no sólo a los ciudadanos de ese paí­s ni a los inmigrantes documentados.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

La Cuarta Enmienda protege a toda persona contra requisas y allanamientos irracionales y la 14ª. Enmienda garantiza el debido proceso y la igualdad de derechos ante la ley para todas las personas que viven en esa nación.

Pero tales enunciados se parecen mucho a las series de TV sobre temas judiciales y policí­acos, en el sentido de que una es la teorí­a y la ficción, y otra muy distante es la cruda realidad, especialmente porque los inmigrantes ilegales carecen de mí­nimos derechos. En los centros de detención, en las audiencias ante autoridades migratorias y en los casos de deportación, los derechos humanos son papel higiénico.

Si no, allí­ están los 290 guatemaltecos capturados, con otros cien latinoamericanos en Iowa, a menos de dos semanas que el presidente Bush ofreciera a su colega de Guatemala, ílvaro Colom, que podrí­a interceder para que no prosiguieran las capturas y deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados guatemaltecos, pero que casi nadie le dio crédito, en vista de la fama de embustero que se ha granjeado. Recuerden las veces que ha mentido en el caso de la invasión a Irak.

Hace poco yo escribí­a en este mismo espacio que Estados Unidos es signatario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948, del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Polí­ticos, que tienden a proteger a los ciudadanos de cualquier nacionalidad en todos los paí­ses signatarios.

Dejando al margen esas consideraciones jurí­dicas de aplicación general, ciudadanos y gobernantes de esa nación hacen alarde de que Estados Unidos fue creado bajo principios y valores judeo-cristianos, y sus presidentes juran con una mano sobre la Biblia; pero ni siquiera se recuerdan que el libro de Leví­tico reza que «Cuando un extranjero resida contigo en tu tierra, no lo molestarás. í‰l será para ti como uno de tus compatriotas y lo amarás como a ti mismo porque tu fuiste extranjero en Egipto», y se olvidan del mandamiento del buen Jesús cuando, según el evangelio de san Mateo, exhorta a «Alimentar a los hambrientos, cuidar a los enfermos y recibir a los extranjeros».

Ah, vanidad de vanidades, solí­a decir el Predicador. Hipocresí­a de fariseos, sentenciaba frecuentemente el Hijo de Dios.

(El general norteamericano Romuald Rice arenga a sus marines en una indefensa isla caribeña: -¡Ya saben, soldados! Si son muchos, corremos; si son pocos, nos escondemos, y si no hay nadie enfrente, ¡a luchar, que para morir nacimos!)