En más de una ocasión he recibido recriminaciones de lectores inconformes conmigo porque no critico al gobierno de Cuba. Les he dicho que hay varios aspectos de la política cubana que no son de mi agrado, pero que sus múltiples enemigos tienen suficientes sicofantes que cotidianamente arremeten contra el régimen castrista, y yo no voy a sumarme a esa caterva.
Advierto lo anterior a propósito de declaraciones de la Secretaria norteamericana de Estado, Hillary Clinton, persona sumamente talentosa, con suficientes conocimientos de relaciones internacionales y sólidas credenciales académicas. Precisamente por esos dotes de la ex Primera Dama de Estados Unidos me llamó la atención su posición en torno al gobierno de Cuba, al margen de un discurso que dio la semana anterior en la Universidad de Louisville (Kentucky).
Un despacho de la agencia EFE señala que la señora Clinton afirmó: «Hay maneras en las que tratamos (el gobierno de USA) de mejorar nuestra cooperación (con el de Cuba), pero en mi opinión personal los Castro no quieren ver el final del embargo y no quieren ver la normalización de las relaciones con EE.UU. porque perderían todas sus excusas por lo que no ha pasado (sic) en Cuba en los últimos 50 años».
 Si esas palabras las hubiese expresado un derechista latinoamericano adversario del gobierno cubano no tendrían ninguna relevancia, pero que lo diga la jefa de la diplomacia norteamericana sí constituye una falta de sindéresis, es decir, evidente ineptitud para juzgar rectamente un conflicto internacional que no lo causó La Habana sino que es producto de la arrogancia, intolerancia y autoritarismo de Washington.
 Desde que Estados Unidos impuso el embargo a la isla, en cientos de oportunidades y en multitud de foros internacionales de cualquier naturaleza en la que se enfoque ese caso, delegados de la mayoría de los países del mundo, incluso en las asambleas de las Naciones Unidas, se ha pedido, exigido y reclamado el fin del embargo, pero Washington permanece imperturbable.
Declaraciones similares tan absurdas e irracionales como la formulada por la señora Clinton, no causaban extrañeza cuando las externaban funcionarios del fallecido presidente Nixon, en vista de su ignorancia política en materia internacional, pero que lo declare una mujer con altas aptitudes intelectuales  es una muestra de que los halcones siguen imponiendo su voluntad en Washington y la Secretaria de Estado acata dócilmente las instrucciones de los ultraconservadores que controlan el poder real en Estados Unidos.
 (El politólogo Romualdo Tishudo recuerda que cuando Bill Clinton era presidente de Estados Unidos, doña Hillary tenía que levantarse muy temprano si quería ser la primera dama).