Nuestro país ha tenido el privilegio único, la honra suprema y la complacencia suma de ser visitado por expertos o relatores de las más diversas instituciones. Entre esas instituciones destacan, como luminosas llamas en la más pura obscuridad, la Organización de Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, y la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Los hallazgos de esos expertos o relatores han sido tan fabulosos, que sin ellos los guatemaltecos seríamos víctimas de la más nefasta ignorancia sobre nuestros propios problemas; y sus recomendaciones han sido tan sabias, que sin ellas estaríamos condenados a una eterna torpeza. He aquí algunos ejemplos de esos hallazgos y de esas recomendaciones.
Primer ejemplo. Un experto en derechos humanos descubrió que en nuestro país había excesiva impunidad, es decir, falta de castigo de quien delinque. ¿No fue un hallazgo fabuloso? Y recomendó que hubiera punidad. ¿No fue una sabia recomendación? Sin ese experto jamás hubiéramos sospechado que hay impunidad. Tampoco hubiéramos pensado que debe haber punidad.
Segundo ejemplo. Un experto en derechos humanos descubrió que, en nuestro país, las causas por las cuales se asesinaban mujeres eran diversas, y las intenciones eran heterogéneas, y las circunstancias eran variables. ¿No fue un hallazgo fabuloso? Y recomendó emprender una investigación criminal más eficaz, y castigar a los autores de los crímenes. ¿No fue una sabia recomendación? Sin esa relatora hubiéramos persistido en creer que las mujeres eran asesinadas por causas idénticas, y que las intenciones eran homogéneas, y que las circunstancias eran invariables. Y no hubiéramos pensado que la investigación criminal debe ser más eficaz, y que los culpables deben ser castigados.
Tercer ejemplo. Una relatora en derechos de los niños, que era capaz de transformarse en un niño típico del país en el que debía cumplir su misión, se transformó en un típico niño guatemalteco. Espantada, desistió de su fantástica transformación, y angustiada reveló que había niños que trabajaban, y que por trabajar no podían asistir a la escuela. ¿No fue un hallazgo fabuloso? Y recomendó que los niños no trabajen, sino que asistan a la escuela. ¿No fue una sabia recomendación? Sin esa relatora jamás nos hubiéramos percatado de que hay niños que trabajaban y que no asisten a la escuela. Tampoco hubiéramos pensado que los niños no deben trabajar, sino asistir a la escuela.
Cuarto ejemplo. Un relator en derechos de los reos descubrió que, en las cárceles de nuestro país, los reos están hacinados. ¿No fue un hallazgo fabuloso? Y recomendó que los reos no estén hacinados. ¿No fue una sabia recomendación? Sin ese relator, hubiéramos persistido en creer que las cárceles de nuestro país ocupaban un área vastísima, en la que había un reo por cada mil metros cuadrados. También hubiéramos persistido en creer que los reos podían estar hacinados, y no holgadamente dispersos.
Es indudable. Es indiscutible. Es innegable. Es evidente. Los expertos y relatores que han cumplido misiones en nuestro país, han sido autores de fabulosos hallazgos y de sabias recomendaciones. ¿Qué haríamos sin ellos? ¡Por piedad, rogad por más expertos y relatores, que excaven nuestro pasado, que alumbren nuestro presente, y que diseñen nuestro futuro!
Post scriptum. ¿Cuándo nos será asignado un experto o un relator en vulcanología, cuyo fabuloso hallazgo consista en encontrar volcanes, y que sabiamente nos recomiende que no nos bañemos en lava volcánica?