POR JUAN B. JUíREZ
El arte es una respuesta a las circunstancias en que se desarrolla la vida. La legitimidad técnica y expresiva de una obra de arte no la dicta la academia, la tradición local ni las modas del momento sino la autenticidad que tiene como respuesta vital a las circunstancias del artista. Los grandes cambios en el arte tienen su origen en los grandes cambios que se dan en la sociedad. Todo esto parece muy obvio, pero para el público que entra desprevenidamente en contacto con una obra de este tipo, el ejercicio de apreciación puede volverse problemático porque los criterios para apreciar el nuevo arte no han evolucionado con la misma rapidez con que han cambiado las circunstancias a las que aquel responde. Como consecuencia se da un desfase en la apreciación del fenómeno artístico, desfase que obliga a los estudiosos del arte a crear otros conceptos y teorías más comprensivas, pero que deja al espectador común -e incluso a los críticos y a los propios artistas- en evidente rezago conceptual y de sensibilidad a la hora de comprender no sólo la estética de su momento sino también sus propias circunstancias.



Vienen al caso estas reflexiones al tratar de apreciar la obra de la joven artista Fabiola Aguirre (Guatemala, 1987). Formada conceptual y técnicamente en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y en la Escuela Superior de Arte de la Universidad de San Carlos, su trabajo no responde, sin embargo, ni a la herencia figurativa, ni a la tradición técnica -casi artesanal-, ni al repertorio temático en que se empeñan esas academias y que caracterizan, por otro lado, a lo que muy estrechamente se identifica como la tradición artística guatemalteca. Pero -y hay que aclararlo muy enfáticamente- tampoco se origina en la tendencia, muy común en los jóvenes, de plegarse a lo que conocen del arte internacional a través de revistas, libros y ahora también de internet. No. El trabajo de Fabiola Aguirre tiene la autenticidad de ser respuesta vital y liberadora no sólo frente a las estrecheces de una tradición, de una academia y de un ambiente artístico que asfixian su sensibilidad sino también frente a los estímulos con que la asedia la vida urbana contemporánea de la ciudad de Guatemala. Que, por otro lado, alguien -que nunca falta- pueda asociar su obra con el expresionismo norteamericano de los años 50 no prueba ningún afán imitativo desfasado sino, al contrario, confirma la legitimidad de su búsqueda personal -completamente al margen de lo que enseñan en las escuelas- de otras formas de expresión más acordes, no con la moda del momento sino con su sensibilidad y sus circunstancias. Lo nuevo en la pintura de Fabiola no es el «expresionismo» sino la actitud frente a la tradición guatemalteca y su apertura -repito, no a la moda del momento- a lo que las circunstancias en que se desarrolla su existencia le proponen y exigen.
Nadie puede negar que las circunstancias en que se vive en la Guatemala actual son diferentes de las de, por ejemplo, hace 40 años, no sólo por la dinámica interna de la sociedad sino también por los avances tecnológicos y las tendencias económicas y políticas que definen la actualidad globalizada. Tales cambios no son superficiales ni están sólo en el exterior de las personas: han modificado los valores y las costumbres, la forma de aprender y pensar, de actuar y reaccionar, de sentir y expresarse y, en fin, de vivir y relacionarse con los demás. Y con ello también el arte, que ahora se hace desde otra sensibilidad -acorde con la época- para una sensibilidad que le es correspondiente. De allí que la actitud de búsqueda y desafío con que Fabiola asume su trabajo en un ambiente artístico desfasado en relación a las circunstancias objetivas resulte particularmente alentador.
Y no sólo su actitud: también sus hallazgos y sus aciertos expresivos. Sus pinturas impactan visualmente: no buscan gustar ni se ofrecen como objeto de contemplación estética, y tampoco proponen arduos problemas intelectuales sino más bien logran imponerse con la misma violencia con que se imponen, por ejemplo, las imágenes que nos asaltan por todos lados desde los medios de comunicación masiva. De cierta manera son una respuesta instintiva a ese tipo de estímulos que nos abruman con su insistencia: surgen de los gestos espontáneos y ansiosos que generan las situaciones demasiado apremiantes. Pero también son el correlato de la fugacidad y lo fragmentario de las percepciones, consecuencia inevitable de la velocidad del tráfico cotidiano y sus ritmos cambiantes y de la premura psicológica que caracterizan al actual modo de vida en las grandes ciudades.
La actitud de Fabiola no se limita únicamente a responder espontánea y gestualmente a los infinitos estímulos que la solicitan y asedian. Su trabajo artístico efectivamente parte de las sensaciones intensas y confusas, las percepciones apresuradas y fragmentarias y de los ansiosos movimientos corporales que se generan en medio del vértigo urbano, pero no se limita a registrarlos pictóricamente. Esos elementos vivenciales no son el tema de su pintura sino propiamente la materia con la que compone, en el mismo sentido de una composición musical, su expresión pictórica. Así, en lugar de una saturación de gestos gráficos y de accidentes cromáticos, hay en sus cuadros una dosificación de lo emotivo y una disposición visualmente significativa de los núcleos expresivos. Nótese por ejemplo, el valor del blanco no sólo como espacio vacío sino como silencio y alivio de intensidades emotivas, como anticlímax propiamente dicho.
La pintura de Fabiola no es sólo la consecuencia de una actitud contrastante con el medio ni de una sensibilidad abierta a nuestro tiempo sino sobre todo es la expresión de una personalidad apasionada, determinada a expresar con un lenguaje pictórico vital, directo y sincero lo que verdaderamente agita su espíritu.