A juzgar por el análisis de los medios de comunicación, hartos como buena parte de la población de la ineptitud del gobierno de Colom, estamos emprendiendo una etapa de enorme optimismo en la que se plantea que todo cambio es posible y que la sustitución de personas basta y sobra para esperar un resultado positivo, totalmente diferente no sólo en el tema de seguridad, sino también en el combate al flagelo de la corrupción. Para un pueblo como el nuestro, generalmente pesimista, es bueno que tengamos esos momentos de ilusión con expectativas alentadoras, pero es importante poner los pies en la tierra para no sufrir desengaños que nos hagan caer en prematuros desengaños.
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Creo que se abre una oportunidad para lograr cambios importantes, pero hay que entender que si bien el punto de partida es la determinación y voluntad política, se tiene que enfrentar una estructura convertida ya en sistema que se protege eficientemente y que dispone de muy leales y efectivos aliados no sólo en la clase política, sino también en la sociedad civil y entre el empresariado al que le resulta lucrativa la existencia de esa tenebrosa mezcla que conforman la corrupción y la impunidad.
Un sistema que se va a resistir con uñas y dientes a cualquier cambio que pueda comprometer los privilegios que asegura a los que lo saben jugar y a quienes lo aprovechan sin remilgos de conciencia. Ciertamente la forma en que el país fue gobernado durante los últimos cuatro años permite suponer que si tocamos fondo en forma tan patética, de aquí en adelante todo tiene que ser para mejorar, pero muchas veces nos hemos dado cuenta que el mal tiene una capacidad para reinventarse que ya lo quisiera el bien y por eso ni las sociedades ni los países parecen tener fondo que tocar porque siempre es posible seguir bajando peldaños.
Yo creo que existen razones para ser optimistas y que tenemos que dar el beneficio de la duda. Más que eso, soy de la opinión que no basta con mantener una actitud expectante y sentarnos a aguardar los resultados de lo que pueda o quiera hacer el nuevo gobernante y su equipo. Tenemos que presionar, empujar y sumarnos a cualquier esfuerzo para garantizar que sea efectivo, puesto que sin el concurso de la población no se pueden obtener resultados como los que hoy generan esa alta expectativa que flota en el ambiente.
También hay que decir que tras el inicio de siete gobiernos democráticos, incluyendo al de Ramiro de León Carpio, que arrancaron con gran expectativa y que terminaron con enormes desengaños, vale la pena mantener la ilusión, pero con el debido realismo. Y reitero que en esas otras siete oportunidades los ciudadanos nos hemos mantenido expectantes, aguardando resultados sin asumir ningún compromiso más que el de dar un cheque en blanco con la ilusión de que sirva para algo.
Ahora, viendo que el nuevo gobierno habla de cambio, que asume la simbología del nuevo Bactum como concepto de transformación profunda, tenemos que empujar y meter el pie para que no nos vuelvan a cerrar la puerta, para asegurar que los vicios de un sistema podrido no vayan a destruir esas expectativas.
Creo que Pérez tiene una ventaja muy grande porque conoce el poder, lo ha vivido y sabe cuáles son sus riesgos, debilidades y fortalezas. A donde han llegado otros a ciegas, sin entender a profundidad en qué consiste ese juego del poder real, Pérez Molina llega con mucho más conocimiento y por lo tanto también tiene una mayor responsabilidad. Generalmente a los otros los cercan y devoran en lo que aprenden, período de mayor debilidad en medio de la supuesta fortaleza, y en este caso etapa quemada por las vivencias de la época de Ramiro de León, pero sin nuestra presión, concurso y ayuda, muy pronto se verá copado por los poderes de siempre.