El mar económico internacional está agitado y el barco energético en que navegamos parece ir a la deriva. Las herramientas para atacar estos males son precarias, una brújula que no marca el norte y la proa de la nave nuestra un deterioro por lo excesivo de su uso a lo largo de tanto tiempo. Y la duda que se me viene es: ¿estarán conscientes de esto los capitanes?
Cuántos de estos ignoran que el barco en que hemos navegado buscando el desarrollo hace aguas por doquier, pues es un recurso que de manera evidente muestra ya su agotamiento. Sin embargo, intransigentemente políticos y empresarios a lo amplio del planeta continúan con el debate machacando el mismo punto «hay que seguir perforando y acabarse con la misma voracidad las ya escasas reservas». Parecieran ignorar que el petróleo no se usa únicamente para el transporte de mercancías, la movilidad de personas, la actividad industrial y la producción de alimentos. Se olvidan que a lo largo del tiempo hemos creado y dependido de más de 30 mil productos de uso cotidiano derivados todos de los crudos fósiles. Los productos plásticos, el vidrio y muchas medicinas son sólo algunos ejemplos.
No cabe duda que los años dorados del uso del petróleo están quedando atrás y apenas estamos iniciando la etapa de crisis, y si queremos seguir apostándole al desarrollo, basados en la misma fuente de energía, sencillamente estamos perdidos. Aquí no hay de otra, hay que voltear la cara hacia otro lado, pues el petróleo es un recurso finito que se está agotando y en el proceso de búsqueda y utilización de una fuente alterna muchos dicen que será un trance traumático y doloroso. Hay quienes, a causa de la precariedad, vaticinan fuertes convulsiones sociales y hasta guerras internas e invasiones por países poderosos a otras naciones para capturar ese recurso. No olvidemos que desde la época del presidente norteamericano Monroe, hasta los albores del siglo XXI el lenguaje de la geopolítica ha resultado ser sinónimo de políticas relacionadas con el petróleo.
Y hace tres escasos años iniciamos una nueva era, la distinguimos por la imparable escalada de los precios del petróleo que amenaza con matar a las economías grandes y pequeñas. En Guatemala los efectos en el alza de los combustibles se empiezan a ver con las primeras protestas por el alza al valor de los pasajes. Para colmo de males, al problema energético se suma la escasez de alimentos. ¡Vaya pacaya con la que tendrá que lidiar la nueva administración!, indudablemente que tendrá que enfilar todas sus baterías para enfrentar esta compleja crisis. En un artículo anterior le sugería al mandatario guatemalteco formar de emergencia un Consejo Nacional para la Crisis Energética, pues como lo dije antes, este no es un problema exclusivo del gobierno. Este debe ser un grupo mixto de análisis y reflexión que funcione con el propósito de buscar soluciones a la crisis que ya empezamos a vivir, constituido por técnicos especializados en el tema con la suficiente experiencia que permita el aporte de propuestas viables y concretas. El hecho de ser un país pequeño no debe impedirnos encontrar las soluciones, es más, ni siquiera tenemos que inventar el agua azucarada pues algunos países con condiciones geológicas similares a la nuestra ya han encontrado las respuestas a sus problemas de energía, sustituyendo al petróleo por fuentes alternas que son renovables y muy funcionales.