Estética de la reja


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Hay focos en el exterior de algunas casas de la ciudad que tienen su propia jaulita, la luz yace encerrada o segura de los que se atrevan a robársela. Hoy día también se enjaula la cámara de seguridad para resguardarla de su función principal, prevenir la inseguridad.

Julio Donis


Los contadores de agua en las aceras exteriores de las residencias están destinados al encierro permanente, suelen tener su propia reja fundida al cemento de la banqueta, que solo permite la lectura del inspector municipal. Los contadores de energía eléctrica también han sido encerrados; pequeños barrotes fundidos a la columna que los sostiene evita que sean llevados y luego vendidos en el mercado negro. Los buzones, cuando están expuestos en el exterior, son debidamente asegurados, son cajas con su respectivo candado, también los timbres de las casas se presentan enrejados.

La mayoría de los árboles de la ciudad deben ser encerrados mientras son jóvenes, un cerco les rodea (protege) mientras se robustecen y evitan de esta forma ser arrancados. Los jardines centrales de las avenidas también tienen rejas que evitan al peatón o al automóvil pasarse encima.

En la ciudad casi no se ven basureros públicos, no les pusieron una jaula o un candado. Las tiendas, panaderías, tortillerías o cualquier otro comercio de barrio son auténticas celdas; el tendero de la abarrotería está preso, es su propio carcelero, se libera cuando los malhechores no merodean la zona.

La tortillera vende su maíz moldeado a través de barrotes, su mano blanca de maza con cal extiende el producto y recibe el pago. He tratado de imaginar la situación de un eventual asalto a uno de estos comercios de subsistencia; el asaltante blandiría su arma entre los barrotes y obligaría inmediatamente a que la tendera abriera el negocio.

Es normal considerar en el costo de las viviendas, los barrotes para la ventanería; simplemente no se conciben ventanas sin ellos. Es normal que muchas oficinas de servicios diversos tengan una puerta de rejas después de la principal, como última frontera de protección. Hay portones que son verdaderas fortalezas, ellos imponen la falsa percepción de la seguridad. Vivo en una calle que antes era abierta, hoy ha sido cerrada y “resguardada” por el podercito de un grupo de vecinos organizados en comité respectivo. Barrios completos han sido cerrados y todos vivimos encarcelados en nuestra morada, sin percibirlo. Los automóviles no se salvan, un grueso polarizado hace las veces de barrotes, encerrando a su conductor que se siente seguro si no lo ven, aunque él tampoco vea desde adentro. Es la estética de la reja, la forma segura que nos asegura tranquilidad.

El ciudadano se ha acostumbrado a que todo está encarcelado, incluso él mismo ha aceptado su propio encierro sin tener plena conciencia de ello; ha desplegado una prisión majestuosa de condicionamientos, ideas enajenantes, comportamientos uniformizados, hábitos consumistas, formas conductuales, lenguajes, todas ellas barras, candados, alambre espigado y muros que moldean una falsa sensación de libertad.
Las cárceles del sistema penitenciario solo son otra forma de encierro pero la ciudad es una prisión. Acudimos a la estética de la clausura que domina la percepción de la normalidad en una sociedad con los mayores índices de criminalidad e inseguridad. Imponemos y demandamos la prohibición y el encarcelamiento que al final nos autoexcluye y aísla. Parafraseando a Banksy, somos el colectivo de la vulgaridad de la vulgaridad de la reclusión.