Este 20 de febrero


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Imponente la rotonda de Quetzaltenango en la que se yergue la escultura de Tecún Umán. Tiene una actitud más dinámica y una expresión más agresiva que la que se encuentra (casi escondida) en el Bulevar Liberación de la ciudad capital. Cada una representa a Tecún Umán como un joven guerrero fuerte, musculoso, decidido.

Luis Fernández Molina

 


Es un valiente guerrero. Nuestro héroe nacional. ¿Tenemos otro? Y si así tratamos a nuestros héroes no nos quejemos de que  nuestra identidad nacional nunca se levanta. Hace muchos años el 20 de febrero era un día especial; en más de una ocasión algunos presidentes, como Ydígoras Fuentes, le rendían homenaje y guardia de honor. Era una especie de conmemoración del orgullo nacional. Los niños en escuelas y colegios recitaban versos alusivos: “Tecún Umán, príncipe quiché, héroe nacional, bravo capitán (….)”, y hasta se disfrazaban de guerreros quichés. Pero lentamente fue desvaneciéndose la figura de nuestro adalid. Acaso ese abandono es un producto del consenso colectivo que prefiere consagrar figuras más de moda, que canten mejor o que jueguen bonito al fútbol. O quizá porque el segmento de la población que se estima blanco o mestizo considera que Tecún no los puede representar porque “era indio”. O podrá ser que se le califica como un perdedor tanto de la batalla del Samalá como de la propia vida. Tal vez porque su existencia se ha bordado con la leyenda y se ha mezclado con una serie de historietas fantasiosas como decir que, ignorante, confundió a los jinetes españoles con una especie de temibles centauros, o que al posarse el quetzal en su pecho sangrante quedaron las plumas del pecho marcadas de rojo. En todo caso es evidente la segunda muerte de nuestro paladín.  ¿Qué dirían Cuahutémoc o Benito Juárez,  Washington o Lincoln o Martin Luther King,  José Martí o Simón Bolívar?  Ahora es buen momento para recuperar terreno. Todo indica que el nuevo gobierno está realizando las gestiones gubernamentales con decisión y patriotismo. Las funciones administrativas, gerenciales, de todo gobierno son complejas y se deben atender con dedicación. Ello está bien. Pero no se deben abandonar estas otras gestiones que de alguna forma van de la mano. Se debe promover una campaña de nacionalismo, de orgullo patrio. Para eso están los ministerios de Cultura y de Educación. Debemos resaltar las gestas históricas de los guatemaltecos a lo largo de los siglos. No es tanto por ejercicio memorístico, como viendo al pasado; todo lo contrario, es un enfoque al futuro, a esta Guatemala que todos conformamos que debemos consolidar en un esfuerzo de unión e identidad. Por eso, este 20 de febrero no debe pasar en silencio. Es importante reflexionar en que el hecho de que tengamos tan pocos héroes nos da a entender que los guatemaltecos no valemos la pena. No hay chapines dignos de ocupar un puesto en el Olimpo. Increíble que seamos de los pocos países que no hemos consagrado por consenso la imagen de algunos de los que fueron gobernantes. Por cierto que precisa encontrar otros personajes ejemplares de nuestra historia, que hayan sido verdaderos líderes y que despierten admiración en todos los sectores: Atanasio Tzul, Juan de Matalbatz, Dolores Bedoya, Manuel Tot, entre otros. Sigamos escarbando…