Estado versus mercado (3)


Hechas las salvedades (en los artí­culos 1 y 2 precedentes), ¿qué es lo que en verdad sucede en Guatemala en torno a esta dicotomí­a?

Luis Zurita

Primero, el nuestro siempre ha sido un Estado débil y al garete, prisionero de los intereses creados de quienes, principalmente desde el trono plutocrático, aunque a veces también desde la poltrona pretoriana cuando ha intentado sublevarse, solo han garantizado los privilegios de minorí­as que esquilman a la naturaleza y a la mano de obra barata.

Segundo, exceptuando las conquistas ?aun prendidas de un alfiler? alcanzadas durante la década de la Revolución de Octubre que amplió las responsabilidades sociales del Estado, los partidos polí­ticos existentes en todos los tiempos solo han dorado la pí­ldora polí­tica, pero no han sido auténticos intermediarios entre la sociedad y el Estado, por lo que el desempeño gubernamental de sus miembros solo es un reflejo de sus patrocinadores.

Tercero, de la mano del auge neoliberal, el Estado ha sido reducido aun más, alejándose de su tarea histórica, por lo cual los intereses de las mayorí­as están menos atendidos, incluso más desatendidos que en otras épocas en donde, aunque el Estado no llegaba con la eficiencia debida, por lo menos la naturaleza estaba más cerca de la gente, de lo que sigue que si aquí­ no ha terminado de explotar la olla es por obra y gracia del desfogue de la migración?

Después del fin de la Guerra Frí­a, se firmó un Acuerdo de Paz que dio término a una confrontación de 36 años. El fruto fue un listado de propuestas para el desarrollo de Guatemala, el primero con buena participación de los sectores y grupos organizados desde 1821. Lamentablemente, la organización polí­tica y social llamada a propulsarlos está atomizada, incluso los sectores económicos emergentes y por ende con tendencia progresista son muy tí­midos todaví­a, y aunque al Gobierno llegara un liderazgo con voluntad polí­tica para llevar a la práctica los Acuerdos, se toparí­a con la principal contradicción, o sea, con la sempiterna fragilidad de un Estado dominado por las huestes de un capitalismo mercantilista, rentista y atrasado, por lo tanto carente de un proyecto de Nación.

En la encrucijada actual, no generan ningún beneficio en función del bien común las extremas polí­ticas, porque ellas están enajenadas de sí­ mismas. Se necesita de un liderazgo polí­tico engarzado a una élite económica, social y cultural radicalmente democrática y moderada en función del ser humano y que priorice al ser humano por encima de cualquier otra prioridad, en cuyo caso el mercado y el Estado sean meros instrumentos para alcanzar el desarrollo. Pero más todaví­a, se necesita de un liderazgo con imaginación audaz que mire los problemas por todos lados, que propicie un modelo económico productivo de tipo mixto, abierto a cualquier posibilidad, que no busque recetas prefabricadas, pero sí­ persuadido de que es posible construir una sociedad menos desigual con la participación responsable de todos los guatemaltecos y de todas las guatemaltecas, sin distingo alguno.

Libertad, igualdad y fraternidad son los predicamentos del liberalismo bien nacido. ¿Qué tan difí­cil es llevarlos a la práctica?