Argentina, que sufre la peor sequía en 50 años, ya perdió entre 1,5 y 1,8 millones de bovinos: en Benito Juárez, en el corazón de la pampa.
«Ahí está. Mírela. Se está muriendo», lamenta Pedro Gallarraga, de 47 años, ganadero de origen vasco, como muchos descendientes de inmigrantes que trabajan en las tierras de Benito Juárez (400 km al sur de Buenos Aires) desde hace más de un siglo.
Frente a él, una vaca intenta a duras penas levantarse, y luego vuelve a caer. A unos cincuenta metros de ella, un ternero la llama, en vano. «Este también morirá», dice Gallarraga. «Cuando se apartan ya no se salvan».
Alrededor de él, el pasto se secó hasta quedar como paja. Aquí llovió en un año 40% menos que el promedio. «Nunca había visto semejante sequía», añade el productor. «Sí había visto algunas, pasajeras, pero que duren un año entero, nunca».
A unos kilómetros, el panorama es aún más nefasto. Carlos Abel Mastronardi, de 53 años, perdió ocho vacas en pocas semanas. Siguen ahí, en el potrero que rodea su modesta casa en la estancia «San Pablo».
Avanza con cautela, como alguien que hubiera tropezado y temiera caerse de nuevo. Con cada uno de sus pasos huyen decenas de saltamontes: con la sequía regresa la ola de la «tucura».
«Los problemas para mí empiezan ahora. Se van a seguir muriendo. No tengo ningún potrero con pasto. No sé hasta dónde podremos aguantar. Se puede llegar a la quiebra».
Es un verdadero círculo vicioso en el que se encuentran ahora los argentinos. «Mandan a mercado, no sólo vientres, sino vacas preñadas, porque no logran sustentarlas», deplora en el lugar Juan de Carraza, de 49 años, delegado de la Sociedad Rural Argentina.
Para él, «lo peor no son las vacas y los novillos que mueren, sino los que no nacerán». «Es un ciclo de 5 años. Todo el ciclo se ve afectado. Y la baja de la rentabilidad es del 25% por año».
El río Salado, que atraviesa la provincia de Buenos Aires 300 km al norte de Benito Juárez, está seco. Sólo quedan algunos charcos, a los que se arriman las tropas.
Argentina ya perdió en un año 1,5 millones de bovinos, según el Instituto Nacional de Tecnología Agrícola (INTA) y 1,8 millones según la Confederación de las Cooperativas Agrícolas (CONIAGRO) de un total que ronda los 50 millones.
La presidenta argentina Cristina Kirchner declaró anoche el estado de emergencia para el sector agropecuario, lo que debería significar una exención de impuestos para numerosos productores.
El mismo gobierno peronista limita, sin embargo, las exportaciones a fin de aumentar la oferta interna e impedir el alza de los precios, en un país que muestra el mayor consumo de carne por habitante: 75 kg al año.
El gobierno ya limitó en mayo pasado a 25% la cantidad de carne exportable para cada matadero. El precio del kilo de carne que se pagaba a los productores hace un año, 3,60 pesos (1,03 dólares), no supera hoy los 2,50 pesos (0,71 dólar). Al mismo tiempo, los costos fijos de los productores aumentaron en un 40%.
Los productores suelen llevar sus reses al matadero antes de dejarlas morir en sus tierras, y esta afluencia no hace sino seguir presionando los precios a la baja.