Estadista o politicastro


Eduardo_Villatoro

Tengo la vaga idea de que quien se dedica a la política y que la concibe como  disciplina encaminada a contribuir con su esfuerzo, capacidad e integridad a la búsqueda del bien común y que, en consecuencia y como es natural en todo ser humano, aspira a que su misión sea reconocida y que, aún más, anhela que sea bien recordado por el juicio de los hombres y de la historia.

Eduardo Villatoro


El ser humano que pretende trascender, sobre todo si ocupa la más alta jerarquía del poder, no se limita a realizar una mediocre gestión, toda vez que se empeña en resolver los problemas leves, graves o de envergadura a los que se encara cotidianamente, escuchando no sólo a sus cercanos colaboradores que generalmente sólo persiguen acomodarse a los caprichos de su superior  para  granjearse sus simpatías, sino que le concede especial importancia a las sentimientos, necesidades y demandas plurales expresadas en las voces de quienes representan a la diversidad de grupos que integran la colectividad, tanto sociales, religiosos como académicos y gremiales, y sin descartar a los políticos opositores.
  
Si es capaz de atender las legítimas  recomendaciones, reclamos o exigencias, el encumbrado político que ha accedido a la Presidencia de la República tiene la opción de convertirse en estadista; pero si se empecina en satisfacer únicamente su ego y pagar los favores de sus financistas, los cuales representan a los más egoístas y codiciosos miembros de la plutocracia, ese personaje no sólo será repudiado por los mismos ciudadanos que, con su voto, lo encumbraron a la más investidura del país, sino que si alguien lo evocare en el futuro será recordado como un individuo que sólo satisfizo sus desorbitadas ansias de notoriedad y de amasar riquezas mal habidas.
 
¿Cómo quiere el presidente Otto Pérez Molina que lo mencionen en estos días y en el futuro inmediato sus electores y la población en general? ¿Qué imagen anhela el actual gobernante dejar para la posteridad? ¿Un político que las circunstancias lo colocaron en la posición transitoria que ocupa? ¿Un estadista que superó la mezquindad de sus ambiciones personales y contrarió a los pequeños, pero poderosos grupos que siempre han esquilmado al sufrido pueblo guatemalteco? ¿Cómo un mandatario que pasadas las décadas se le añora y se la admira como al presidente Juan José Arévalo o un militar de la talla del coronel Jacobo Árbenz? ¿O a alguien que cedió los recursos naturales y la misma soberanía como otro militar llamádose Carlos Castillo Armas, .o un anodino civil de la clase del presidente empresarial Óscar Berger?
 
Estas preguntas las plantea no un ilustrado y altivo analista político ni un académico con ínfulas de historiador. Soy un simple periodista de opinión que he visto desfilar y sufrir los desmanes, engaños, vilezas y cobardías de gobernantes desde hace cinco décadas y de los cuales quien sabe si alguien se salva del escarnio popular.
 
No voté por usted, general Pérez Molina, ni por nadie más. Pero eso no es suficiente para que me considere su adversario, menos su enemigo. Si escribo estas líneas es para decirle, quizá infructuosamente, que no deje pasar la oportunidad de convertirse en el Presidente de todos los guatemaltecos, especialmente en el líder de los compatriotas más abandonados y para que las generaciones venideras lo admiren en el horizonte de su pasado.  
   Limpie sus oídos y abra sus ojos del entendimiento a la punzante realidad. Escuche y escudriñe las declaraciones de todos los sectores que claman por justicia, defensa de los recursos natrales, transparencia gubernamental, combate a la corrupción. Sólo usted decide si quiere ser sordo y ciego, Presidente. Nadie más.
   (El intruso Romualdo Tishudo sugiere a un Presidente este refrán:-No haga nada hoy que comprometa su mañana).