¿Está usted contento con el paí­s que tenemos?


Hace mucho tiempo que vengo pensando en las enormes carencias que hay en nuestra Guatemala y el paí­s que les estamos heredando a nuestros hijos y nuestros nietos. No puedo sentirme satisfecho de la herencia que hemos de dejarles porque cada dí­a que pasa la situación nacional se vuelve peor, especialmente por la cuestión de la inseguridad que se alienta en ese enorme caldo de cultivo que es la impunidad generalizada.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Obviamente los últimos dí­as han acrecentado la necesidad de pensar y repensar a nuestra Guatemala porque la crisis hizo aflorar participaciones inéditas y opiniones refrescantes de gente que no se mostraba interesada en el acontecer nacional y que ahora expresa sus puntos de vista y manifiesta sus anhelos. Hace algunos meses escribí­a yo de la actitud de indiferencia que muestra nuestra población cuando agentes de la policí­a que están al servicio de la comunidad mueren en el cumplimiento de su deber y resulta que su sacrificio pasa inadvertido. Me habí­a impresionado la reacción de una ciudad norteamericana en la que estuve en los dí­as previos a la Semana Santa, donde la muerte de tres agentes de la Policí­a hizo que el pueblo se desbordara en muestras de dolor y solidaridad con las familias de los fallecidos y con sus colegas sobrevivientes.

Me duele vivir en un paí­s donde existen tan marcados contrastes sociales y unos disfrutamos de todas las ventajas de la modernidad y la tecnologí­a, mientras muchos más tienen que librar una batalla cotidiana simplemente para subsistir. Me duele ver que cada año mueren miles de personas ví­ctimas de la violencia sin que nadie se inmute y sin que el sistema de justicia opere en ninguno de los casos. La muerte de Rodrigo Rosenberg me dolió mucho porque lo conocí­a personalmente, pero igual me conmueve, me duele y me enerva la muerte de pilotos, el asesinato cruel de pasajeros de un bus ví­ctimas de asaltantes, la muerte de aquellos niños asesinados porque fueron testigos de un crimen horrendo.

Me duele ver que el nuestro es un Estado que no funciona para lo esencial y, desde luego, se vuelve inexistente para lo accesorio. Pero más me duele ver que nuestros polí­ticos libran batallas tremendas para llegar al poder, ofreciendo a la población el oro y el moro, para repetir una y otra vez el mismo fenómeno que alguna vez me hizo hablar de que el Palacio o la Casa Presidencial eran realmente sitios embrujados en donde se transforma a los dirigentes en largos y sinvergí¼enzas que únicamente llegan para esquilmar al paí­s.

Yo no sé cuanta gente comparta esas sensaciones de insatisfacción con el paí­s que hemos ido construyendo y que vamos a heredar a nuestros hijos y nuestros nietos. Yo no estoy contento con la Guatemala actual y hace tiempo que vengo diciendo que urgen cambios. No concibo cómo puede haber en esta Guatemala de hoy alguien que se diga conservador si aquí­ no hay nada que se deba conservar y todo debe ser cambiado. La única diferencia entre el hoy y el ayer es que se ve una juventud que sale de su letargo, que se interesa y actúa, que demanda y exige, que propone y se compromete. Una juventud que nos demuestra que la sangre de horchata que seguramente nos transfundieron durante los años de conflicto y represión, desaparece entre la gente nueva, la que cree que otra Guatemala, incluyente, justa y sin impunidad, es en realidad posible.