«La unión de los pueblos es un despertar que nos puede llevar a la verdadera libertad», dice con firmeza José Alonso Girón, un sindicalista convencido de que la incorporación de su país al proyecto ALBA los puede sacar de la pobreza en la que han estado sumidos durante años.
«Esta unificación es buena porque por fin podemos ser un país libre, soberano e independiente, ya es tiempo de que Estados Unidos nos deje de mangonear (dominar)», dijo Girón, mientras se secaba el sudor que le corría por el rostro.
El activista toma con firmeza un madero que sostiene una manta de la Federación Central de Sindicatos de Trabajadores Libres de Honduras que expresa el apoyo a la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), suscrita ayer por el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, frente a miles en una ceremonia pública.
Con la misma convicción de Girón, el campesino Salvador López tiene la confianza de que ahora sí podrá recibir fertilizantes y apoyo para sus cultivos en el lejano municipio de Santa Cruz, departamento de Lempira, de donde salió doce horas antes con otras 50 personas en autobús para estar presentes en la ceremonia.
«Tenemos que seguir adelante, vivimos en extrema pobreza y cuando hablan de que van a dar fondos para mejorar, se quedan allá arriba», lamentó López que forma parte de ese 70% de los 7,5 millones de personas que padecen hambre en esta nación centroamericana.
La histórica ceremonia de adhesión al ALBA, estuvo amenizada por bandas escolares, la Filarmónica Nacional y vocalistas nacionales que hicieron más soportable la larga espera bajo un sol abrazador.
«Honduras con el ALBA inicia una nueva y esperanzadora etapa en su historia republicana», dijo un eufórico maestro de ceremonias que prologó la entrada a la tarima principal de los presidentes Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Manuel Zelaya (Honduras), Daniel Ortega (Nicaragua) y el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage.
Las medidas de seguridad eran extremas. Cientos de policías y militares, apoyados por dos tanquetas del Ejército y dos helicópteros, custodiaban la Plaza de la Libertad en la que tuvo lugar la ceremonia.
Varios miles de personas abarrotaban la explanada, que es el parque de la Casa de gobierno en Tegucigalpa.
Chávez aprovechó su discurso para arremeter contra Estados Unidos y las oligarquías latinoamericanas, a las que llamó «fieras heridas, serpientes venenosas y pitiyanquis, que entregaron estos países» a la potencia del Norte.
El espectáculo, tan esperado, fue perdiendo su entusiasmo original en la medida en que el público empezó a dispersarse tras una prolongada espera.
Los largos discursos -especialmente el de Chávez que duró más de una hora- terminaron de desbandar a los miles de espectadores, hasta que sólo un pequeño grupo de simpatizantes de los gobiernos de Venezuela, de Bolivia y Cuba presenció la firma del documento.