Si la fe de los cristianos tiene fundamento, el mismo está en la convicción de que Jesucristo no sólo murió por nosotros, sino que, lo más importante, resucitó al tercer día después de su muerte. Por años, la influencia religiosa ha puesto demasiado énfasis en la Pasión de Cristo y en nuestro país concentramos la conmemoración de la Semana Santa en el momento cumbre del Viernes Santo a las tres de la tarde, cuando al rezar el Credo nos recordamos del momento en que expiró el Hijo del Hombre.
Sin embargo, la Pasión no se completa en ese instante, sino que se redondea y adquiere todo su sentido el Domingo de Resurrección, cuando los fieles celebramos la Pascua que es fuente y sustento de las creencias que se profesan.
En las circunstancias actuales que se viven en Guatemala, con las enormes preocupaciones que siembra en nuestro ánimo la violencia y, sumada a ese flagelo, la crisis económica cuyos alcances todavía no conocemos, es indudable que se observa un incremento del fervor religioso porque está demostrado que en tiempos difíciles la gente se acerca más a la fe y busca en ella consuelo y respuesta a sus angustias. Pero nuestra fe tiene esa poderosa marca de pasión y muerte, de infierno y castigo, que nos hacen olvidar al Dios maravilloso que es esencialmente Amor y que alcanza su máxima dimensión al entenderlo no sólo en la cruz, convertido en cadáver, sino al asumirlo de vuelta en su reino con la grandiosidad intrínseca de su naturaleza.
En otras palabras, queremos decir que en estos tiempos de crisis tenemos que acercarnos a un Dios que no está pensando en castigos, como suponen los que creen que los temblores son un castigo divino por las erradas actitudes de muchos en nuestro país. Tenemos que identificarnos en estas fechas con un Dios que es pródigo en el amor porque, al hacerlo, nosotros estamos actuando a semejanza suya y de esa cuenta nos convertimos también en instrumentos para propagar otra actitud ante la vida, alejados de los sentimientos de venganza y violencia que también nos embargan en medio de este maremágnum que llega a ser insoportable.
No pretendemos dar clases de religión porque no es nuestro campo ni nuestra formación, pero sí pretendemos que estos días que pueden y deben ser de recogimiento espiritual, nos hagan llegar a reflexiones profundas sobre nuestra vida y nuestra responsabilidad frente a la comunidad. No son días de alboroto y jolgorio, sino que simple y sencillamente las fechas místicas del año por excelencia en las que nuestra mente tiene que adentrarse en nuestra intimidad para meditar sobre el sentido mismo de nuestra vida, lo cual nos hará vivir una tranquila Semana Santa.