Cuando uno lee las estrictas normas que se aplican en Estados Unidos en cuanto a recibir regalos o favores, entre ellos de manera muy puntual y especial el uso de aviones privados para viajes de senadores, representantes y secretarios del Ejecutivo, se da cuenta de lo severos que son para impedir que mediante ese tipo de favores se produzca tráfico de influencias. Un Secretario de la administración de Clinton tuvo que renunciar porque viajó en avión privado y más de un miembro del Congreso ha pagado un alto precio por ese tipo de actitudes impropias.
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En Guatemala prevalece el «Sí… Y qué», tal y como lo reitera por enésima vez el uso del avión de la empresa de gas propano Tomza para que sirva al Presidente en sus viajes oficiales. Con el agregado de que justamente hoy Prensa Libre publica que Tropigás, del grupo Tomza, está construyendo ya instalaciones en la reserva natural y área protegida de Punta de Manabique, no obstante que no ha sido aprobado ningún estudio de impacto ambiental.
Tras ese tipo de tráfico de influencias, porque no se puede calificar de otra manera el uso del avión de una empresa que tiene tantos y particulares intereses en Guatemala, aun y cuando la licencia se otorgara en estricto cumplimiento de la ley quedaría un muy mal sabor de boca, porque nadie podría suponer que no hubo presión para que el estudio ambiental saliera favorable. Por ello es que no basta con ser honrado sino que además hay que aparentarlo, puesto que de lo contrario la percepción pública será siempre que en estos casos hubo mano de mono.
Evidentemente al país le saldría más barato comprar o arrendar un avión para uso del Presidente de la República que eso de andar viajando gracias a favores de empresas que, por su naturaleza, requieren de algún tipo de licencia, control o supervisión del Gobierno. Que se le vendría el cielo encima con las críticas porque no faltarían los que digan que cómo es posible que se compre una nave en situación de crisis y en un país pobre, ciertamente, pero como de todos modos ya nos demostraron que las críticas les vienen del norte, por lo menos se procedería en un tema que eliminaría una fuente de corrupción que se suma al tráfico de influencias generado con el financiamiento de las campañas políticas que es un escándalo abierto y descarado para el que tampoco hay recato y en el que también la crítica viene del mismo norte.
Desafortunadamente vivimos en una sociedad en la que vemos el tráfico de influencias y su secuela de corrupción y nadie dice ni hace nada; lo aceptamos como la cosa más natural del mundo y hasta hay casos en los que particulares se comprometen a realizar obra pública con su dinero a cambio de que les otorguen licencias para hacer obras en contra de la ley y de las normas vigentes. Un paso a desnivel vale para que se mande por un tubo cualquier plan de ordenamiento territorial y el soborno es «bien visto» porque se usó en obra pública.
Guatemala tendría que recuperar el elemental sentido del decoro y la vergí¼enza para que nuestros funcionarios entiendan y asuman que no pueden seguir diciendo que les viene del norte lo que diga la gente. El rescate de antiguos valores de prestigio para la honestidad es una tarea aún pendiente.