Durante el proceso de las recientes campañas electorales, ninguno de los dos finalistas a la segunda vuelta capturó mi voluntad, aunque por mis conocidas inclinaciones izquierdistas nunca revoloteó por mi mente la lejana idea de depositar mi voto a favor del militar Otto Pérez Molina.
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Tenía razones para no volcar mi entusiasmo por el entonces candidato presidencial ílvaro Colom, y mi desilusión se acrecentó cuando el joven periodista José Carlos Marroquín renunció abruptamente de la posición a la que había sido invitado por el abanderado de la UNE, porque consideraba que las ocultas fuerzas del crimen organizado habían penetrado en la cúpula del que dentro de dos días será el partido oficial.
Probablemente lo que más influyó para que yo personalmente y otro indeterminado número de guatemaltecos de pensamiento progresista no apoyáramos abiertamente al aspirante presidencial de la UNE, obedeció a la falta de determinación del candidato Colom en lo que respecta a su posición de cara a inveterados problemas que agobian a las familias más empobrecidas del país, incluyendo, asimismo, lo relacionado con la política fiscal que aplicaría desde el poder, su reacia actitud de dar a conocer de inmediato su programa de gobierno y sus supuestos vínculos con la oligarquía que estaría financiando su campaña, entre otros factores que inducían a votar nulo en las elecciones de segundo grado, sobre todo porque el otro candidato representaba las fuerzas más conservadoras de Guatemala.
Un elemento que, sin embargo, alentaba las expectativas por la candidatura del ahora presidente electo lo constituyó la presencia pública, en el último tramo de la carrera de proselitismo electoral, de la señora Sandra Torres de Colom, puesto que le imprimió un carácter de naturaleza popular a las pretensiones presidenciales de su marido, y de esa cuenta, con su aparición en los escenarios políticos, la esposa del candidato de la UNE contribuyó a su victoria, especialmente porque atrajo el voto de los sectores desposeídos.
Como escribió hace unas semanas Oscar Clemente Marroquín en su leída columna, puede que nos hayamos equivocado al juzgar la candidatura de Colom, al no distinguir mayores diferencias programáticas e ideológicas con su adversario, toda vez que se percibía cierto grado de coincidencia entre los discursos de los dos contendientes en los temas prioritarios, aunque durante el mes previo al día de las votaciones se ahondó la distancia en los planteamientos en torno al combate a la delincuencia, en virtud de que el abanderado de la UNE cambió su estrategia, al anteponer la aplicación de recursos racionales en la lucha contra el crimen y la violencia, que el simple y desorbitado uso de la fuerza bruta que pregonaba implícitamente el ex candidato Pérez Molina.
A estas alturas, cuando hemos escuchado de labios del presidente electo sus prioridades y su declarada vocación social demócrata que va de la mano con su preferencia por defender los intereses y derechos de los pobres, uno se pone a pensar que el entonces candidato de la UNE fue muy astuto durante el desarrollo de su campaña electoral, puesto que para no asustar a la plutocracia, se abstuvo de trazar las grandes líneas de su plan de gobierno, en vista de que al hacerlo, como lo ha hecho desde que se conoció su victoria en las urnas, posiblemente el gran capital se habría volcado a financiar al líder del Partido Patriota, para aplastar con sus enormes recursos económicos la tercera intentona de Colom.
Podría ser, entonces, que muchos de los guatemaltecos que no apoyamos al ex candidato presidencial de la UNE y que navegamos real o hipotéticamente con banderas de la dispersada izquierda, nos hubiésemos equivocado al juzgar anticipadamente los propósitos de Colom y que le lanzamos punzantes e infundadas críticas, sin estar enterados de lo que se proponía o se plantea realizar durante los próximos cuatro años.
Personalmente, espero que me haya equivocado rotundamente en mis juicios.
(Romualdo Huneísta, quien asumirá como funcionario de segunda categoría con el nuevo gobierno, pidió una pizza por teléfono y cuando le preguntaron si se la partían en 4 o 6 piezas, respondió -Mejor sólo en dos rebanadas, porque yo no me puedo comer tantas porciones)