Si no fuera por las implicaciones que ciertas informaciones periodísticas contienen, provocarían simples gestos de indiferencia y hasta disimuladas sonrisas. Pero no es así. A mediados de la semana anterior, La Hora incluyó dos noticias que demuestran el grado de desfachatez de diputados al Congreso.
Como seguramente usted está enterado, han sido infructuosas las solicitudes, sugerencias, recomendaciones y exigencias de grupos de la sociedad civil, desde copetudos empresarios hasta ilusos académicos, pasando por inoportunos columnistas, para que los parlamentarios se apliquen un ligero barniz de pudor a fin de -por lo menos- hacer el amago de reunirse en sesiones plenarias, para proseguir con la discusión y eventual promulgación de la Ley Penal de Enriquecimiento Ilícito.
Pero todo mueve a pensar que el cuero de danta es más vulnerable a una tenue llovizna que la piel de los excelsos padres de la patria (“La tuya”, diría un locuaz vendedor callejero), porque pese a todos los civilizados reclamos y las ásperas demandas de guatemaltecos de distintas tendencias culturales, sociales y de otra índole, los congresistas ni a pu… ñaladas de vulgar carterista se dan por enterados, como si la actividad legislativa no fuera su principal labor, sino que correspondería a gremios de sastres, comadronas o árbitros de fútbol, porque les vale madre que les mencionen la ídem, y permanecen impasibles..
El miércoles 3 se tenía la débil esperanza de que finalmente el Congreso seguiría deliberando en torno a la ansiada iniciativa; pero el individuo que preside ese Organismo optó porque se realizara un foro en el que se abordó el tema de las reformas a la Ley Electoral. Presumo que don Godofredo de verdad piensa (¿piensa?) que los ciudadanos somos una partidas de estúpidos que no tenemos la vaga sospecha que sólo se trató de una vil estratagema encaminada a evitar la aprobación del proyecto de ley contra la corrupción, y que nos vamos a tragar la píldora de su presunto interés por modificar la normativa referente a los procesos electorales.
El jueves se publicaron en los diarios las efigies de los invictos Eduardo Meyer y Rubén Darío Morales que, en su calidad de expresidentes del Honorable, están ubicados en uno de los pasillos del edificio legislativo; pero con sendos rótulos al pie de los rostros retratados de tales insignes dignatarios con la lapidaria frase: “CORRUPTO”.
Indudablemente que los ingeniosos parlamentarios disfrutan del sentido del humor, porque sólo a ellos, tan satisfechos de sus transparentes y honestas actuaciones se les puede ocurrir esa inédita bufonada, sólo porque aquellos exdiputados que presidieron al prestigioso Congreso fueron acusados de desviar millonadas de quetzales, aunque uno de ellos ya ha sido exonerado de los delitos que se le imputaron.
Como tarde o temprano los miembros de la actual legislatura cesarán en sus funciones, para desconsuelo de sus de admiradores, llegará el momento en que otros cándidos políticos depositarán sus blandos glúteos en los asientos que actualmente calientan de vez en cuando los diputados de estas hornadas, y cuando ese angustioso día llegue, me pregunto qué adjetivo escribirán los futuros parlamentarios bajo el retrato del talentoso, capaz e idóneo congresista que en estos azarosos meses ha estado al frente del Honorable.
(Romualdo Tishudo, asistente de un diputado, le pregunta:-Su oficina está repleta de papeles que ya caducaron; ¿destruyo los que ya no le sirven? El legislador responde: -Sí; ¡pero antes sacále fotocopias!).