La tragedia ocurrida ayer en la Avenida de la Reforma, donde fallecieron dos personas en un incidente lamentable causado por la crispación en que vivimos los guatemaltecos, debiera obligarnos a reflexionar sobre cuán rápido se está deteriorando la situación en el país y hacernos actuar para buscar soluciones. No podemos esperar reacciones del Gobierno porque está visto que ni es prioridad, ni tienen idea de qué hacer frente al problema, pero así como el tema de la Corte Suprema de Justicia generó una participación de las organizaciones de la sociedad, esta violencia nos debiera forzar a una participación decidida y comprometida.
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Entre linchamientos y acciones de legítima defensa propia, como pudo ser la de ayer que cobró dos vidas, resulta que a la inseguridad que nos plantean los criminales debemos sumar la provocada por nuestra propia paranoia que nos hace ver micos aparejados y reaccionar sin proporción. Andamos por la calle en auténtico estado de crispación y cualquier motocicleta que se aparea al vehículo hace pensar que ya llegaron los ladrones que la policía no es capaz de controlar, no digamos cuando se ve a alguien corriendo por la calle, como puede haber ocurrido ayer en ese confuso incidente de la Avenida de la Reforma en el que un pistolero encargado de cuidar a los vendedores de tarjetas telefónicas accionó su arma contra un jovencito al que confundió con un asaltante por los rápidos movimientos de éste al querer aprovechar el rojo del semáforo para hacer su compra.
Hemos sido históricamente una sociedad violenta y más cuando vivimos la dramática experiencia de un conflicto en el que se enseñó a los niños y jóvenes que la solución a los problemas era andar matando al que no pensaba como uno, a quien no estaba de acuerdo con nuestras creencias. El mensaje macabro de la guerra fue ese, de enseñar que los problemas se resuelven a balazos, eliminando a cualquiera sin mayores consideraciones por las consecuencias del crimen. En ese contexto no es extraño que a la hora de sentir amenazas como la de la desatada criminalidad, sintamos que tenemos no sólo el derecho sino la obligación de reaccionar violentamente, atacando a quien constituye una real o imaginaria amenaza.
Y por supuesto que vamos empeorando cada día, porque es absolutamente cierto que cada día estamos más inseguros y que cada día sentimos más cerca la amenaza contra nuestra integridad y nuestro derecho a la legítima posesión de nuestros bienes. La ausencia de Estado se incrementa constantemente porque nuestras autoridades no tienen ojos más que para sus propias prioridades que están muy atadas a asegurar los votos para la primera dama en la próxima contienda mediante los programas de cohesión social que parecieran ser importantes no por su intrínseca proyección hacia los más necesitados, sino por lo que políticamente pueden representar en el manoseo clientelista de la necesidad del pueblo.
Por ello pienso que los pocos sectores organizados de la sociedad tienen que asumir un papel protagónico como el que obligó al Congreso a revisar la jugada de elección de magistrados y mediante presión firme obligar al blandengue gobierno a que se interese por el tema de la seguridad ciudadana. Es inaudito que mientras los soldados se la pasan en sus cuarteles haciendo ejercicios sin oficio ni beneficio, la población caiga en la tentación de armarse para proveerse la defensa que el Estado es incapaz de brindar.