De un tiempo a esta parte las festividades religiosas las hemos vuelto jolgorio, por ejemplo, la Semana Santa se ha vuelto época de parranda y si es para Navidad, lo mismo. La cosa es sacar la casa por la ventana aunque andemos a tres menos cuartillo. Más nos importa «el qué dirán», que la situación real en que estamos. Ahora bien, con el respeto que me merece la opinión de nuestro Arzobispo Rodolfo Cardenal Quezada Toruño, yo no creo que la gran mayoría de nuestra gente despilfarre el aguinaldo y la razón es porque esa prestación la mayoría de chapines la tienen comprometida por anticipado, fuera para pagar la letrota de la casa, del carro, del equipo de sonido, la matrícula o los útiles para los estudios de los hijos.
Pero al fin y al cabo cada quien puede hacer con su pisto lo que quiera, pero si hablamos del Estado, la situación es más grave y también más ingrata, porque como no les cuesta ni el menor esfuerzo a nuestros comodones funcionarios, entonces ¡viva la Pepa!, los impuestos de los contribuyentes sirven para pagar sobresueldos, aunque los empleados no lo merezcan; con el populista método de dar atol con el dedo, en compras de chinchines, carritos muñecas para los niños pobres; en certificados de regalo para los guaruras para que se los gasten todo el año en los súper; festejos, fiestas, convivios o comilonas; bonos navideños; canastas, canillas de marrano, pavos o jamones; electrodomésticos y hasta perfumes para la que le quita el sueño y… ¿qué más da, si al fin y al cabo más de algún columnista les va a bajar el cuero?
No cabe duda que en Guatemala se ha perdido la vergí¼enza, ahora todo se hace en completo descaro. Antes se les caía la cara a los funcionarios si algún arrastrado se atrevía a regalarle una botellita de Juan el Caminante ahora, si no es de caja para arriba del etiqueta azul, mejor que ni se acerquen a su despacho. Es por ello, que la gran mayoría de los chapines nos reímos en la cara de los funcionarios cuando hablan de austeridad, de estar combatiendo la corrupción o evitando el tráfico de influencias. Ahora, las cosas se miden por horas de vuelo en helicóptero o de espacios en la televisión, en pasajes al Oriente o al Viejo Continente con gastos pagados, en financiamiento de casas de descanso o en permitir toda clase de desvíos de fondos públicos para que, si algún medio de comunicación se le ocurre armar algún alboroto, no vayan a pasar más de cinco años sin que puedan regresar tranquilamente al país o salir del bote. Así las cosas insisto en preguntar ¿cuándo será el día en que aprendamos a conmemorar con la moral en la mano y en el corazón la Natividad del Señor?