Es posible que haya sido a principios de 1954


A pocos pasos de donde comienza la Avenida Simeón Cañas, del lado oriente y rumbo al Hipódromo del Norte, está una casona, ahora abandonada, que previo a la renuncia del presidente Arbenz, fue la sede de Alianza de la Juventud Democrática (AJD).

Ricardo Rosales Román

Hacia 1954 yo acababa de terminar el bachillerato en el Instituto Nacional Central para Varones (INCV) y comenzaba a estudiar en la Facultad de Ciencias Jurí­dicas y Sociales de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac). En tales condiciones, pasé a ser integrante del Frente Universitario Democrático (FUD), sin dejar de pertenecer a Alianza de la Juventud.

Era, entonces, de los que frecuentaba aquella sede en donde solí­amos encontrarnos cinco instituteros unidos por fuertes y entrañables lazos de amistad y compañerismo. A dos, los asesinaron años después.

Uno de ellos es el poeta Otto René Castillo. El otro, Carlos Enrique Centeno. Otto René subió a la montaña y empuñó el fusil. Lo capturó una patrulla del Ejército, lo torturó y sus verdugos lo quemaron vivo. A Carlos Enrique, cuando recién salí­a de su casa de por El Calvario, lo ametralló un grupo de esbirros de los cuerpos paramilitares contrainsurgentes del gobierno de entonces.

De uno más de los que aún quedamos con vida, no he vuelto a saber nada. Con el otro, nuestra amistad y compañerismo perdura y va más allá de lo que comúnmente pueda imaginarse. Me refiero a Carlos Guillermo Herrera. Además de que lo estimo, admiro y respeto, es mucho lo que de él he recibido en momentos de difí­ciles y duras pruebas y en los de relativa calma.

Aquellos muchachos, que no pasábamos de los 20 años, solí­amos ir a la sede de la Alianza a atender las responsabilidades que tení­amos asignadas.

Cuando se inició la invasión mercenaria de junio de 1954, era allí­ donde hací­amos nuestras guardias nocturnas y tení­amos a cargo el control y seguridad de los vecinos y casas en varias cuadras a la redonda. í‰ramos parte de los brigadas juveniles y de estudiantes de defensa de la Revolución y que, luego de un rudimentario entrenamiento militar impartido por alumnos de la Escuela Politécnica en la que fuera la Base Militar de La Aurora, estábamos designados para irnos al Frente de Chiquimula lo que, intempestivamente, se suspendió.

Después, me expliqué por qué: habí­a empezado a ponerse en marcha la parte final de la conspiración de algunos altos oficiales del Ejército contra el presidente Arbenz.

Viene al caso lo anterior porque son muchos los recuerdos de aquella época que se me agolpan en la memoria. Uno de ellos habrí­a de tener trascendental significación, en especial, a partir del desembarco del Granma en una de las entonces provincias orientales de Cuba. De la expedición revolucionaria, encabezada por Fidel Castro Ruiz, formaba parte el médico argentino Ernesto Guevara de la Cerna.

Como se sabe, después de su viaje en motocicleta por varios paí­ses de América del Sur, el Che vino a Guatemala. Fue a finales de 1953. En donde primero se hospedó fue en la Pensión Rivera de la 8ª. calle, al costado del Santuario de Guadalupe. Después estuvo en la Pensión Meza, en la 10ª. calle, frente a la iglesia de Capuchinas.

Un dí­a de tantos supe que en la sede de la Alianza de la Juventud estaba residiendo un joven extranjero. En su habitación, al fondo de la casa, dormí­a en el sleeping que llevaba siempre consigo, además de su mochila. Se destacaba por ser un incansable lector y su habilidad e inteligencia para jugar ajedrez con quienes sí­ sabí­an de quién se trataba. Le decí­amos: El médico.

Durante la Guerra Revolucionaria en Cuba contra la dictadura de Batista, empezó entre nosotros a hablarse con frecuencia de una figura de por si legendaria: el comandante Ernesto Che Guevara. Recuerdo que Nayo Lemus y Hugo Barrios Klee (ambos igualmente ví­ctimas de la represión y terror contrainsurgente) me refirieron que se trataba del médico que a comienzos de 1954 estuvo hospedado por unos dí­as en la sede de la Alianza de la Juventud.

Al Che no le conocí­ personalmente, pero creo que pude conocer algo de su vida y su obra revolucionaria. Estando en Budapest, supe de su captura por el Ejército boliviano, después de haber sido herido en el combate de la Quebrada del Yuro, y de su asesinato, un dí­a después, en la escuelita local de La Higuera.

Lo que puedo decir de quien hace 53 años supe que estuvo viviendo por unos dí­as en la casona de la Avenida Simeón Cañas, es que lo más valioso y hermoso en un revolucionario es asumir que no se trata sólo de estar al lado de los que tienen sed y hambre de justicia, sino decidirse a estar con ellos y luchar con ellos y por ellos.

El Che fue así­ y sigue siendo así­.

Cuánta razón le asiste al comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruiz, cuando en sus reflexiones publicadas el lunes, escribe: «Hago un alto en el combate diario para inclinar mi frente, con respeto y gratitud, ante el combatiente excepcional que cayó un 8 de octubre, hace 40 años».