Es fatídico el kilómetro 103 de la ruta Interamericana


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Todo el territorio nacional está tremendamente inundado de vehículos de toda clase (automóviles, picops, camiones, camionetas, tráileres, motocicletas, mototaxis, bicicletas, carruajes, carretas, entre otros. Zumban en las calles y en las carreteras; la mayoría a altas velocidades, y las autoridades de Tránsito y de la Policía Nacional Civil, encargadas de realizar operativos de control y vigilancia, tratan de normalizar el movimiento vehicular, pero son tantos los cacharros que, relativamente, sólo unos cuantos son controlados.

Marco Tulio Trejo Paiz


Entretanto, los accidentes están a la orden del día, y los saldos son de destrucción, de lesionados y fallecidos.

    Hay zonas en esta capital de gran peligrosidad porque se han registrado muchos percances trágicos. Han muerto hombres, mujeres y niños de diferentes edades, no sólo por culpa de quienes manejan los “trastes rodantes”, sino también de los viandantes que no toman las precauciones pertinentes cuando cruzan las vías o caminan en las aceras y cometen otras imprudencias.

    En las carreteras, asimismo, hay lugares de mucho peligro para la gente que se moviliza a golpe de tacón, o bien en vehículos livianos y pesados.

    Un lugar donde se producen macabros accidentes es el kilómetro 103 -y sus proximidades- de la carretera Interamericana, allá por Chichicastenango.

      Hace poco, el conductor de un tráiler que parecía un tren arrastrando tres o cuatro vagones, provocó un aparatoso accidente que resultó muy trágico. El piloto, que iba pasado de copas, chocó por detrás a un pequeño camión que transportaba seis personas: un tripulante, el copiloto y cuatro trabajadores del ramo de la construcción, de los cuales, infortunadamente, murieron tres casi instantáneamente, y otro más –el copiloto- falleció un día después de recibir tratamiento médico quirúrgico en un hospital capitalino del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social.
     
    Versiones de vecinos de “Chichi” indicaron que en el mencionado punto de la mencionada ruta se producen con frecuencia graves accidentes como el que acaba de ocurrir, y los culpables, agregaron, son los imprudentes que van al timón de los pesados tráileres (o “tráilers”, como se pronuncia y escribe en idioma inglés).
    En el escenario de la tragedia acaecida en horas de la noche se presentaron agentes de la PNC para tomar nota. Llovía a cátaros y la neblina había reducido la visibilidad.

      La autoridad policial rindió parte a la jefatura de la localidad e hizo ver el estado de ebriedad del chofer del luengo y pesado maquinón.
     
    Llama la atención, en la empresa constructora a la que pertenecía el camioncito, el hecho de que al conductor de ese liviano vehículo lo detuvieron muy herido y, en cambio, al chofer del tráiler lo soltaron inmediatamente. Se hacen conjeturas en el sentido de que por haber quedado inconscientes todos los ocupantes del camioncito chocado por atrás, la policía ha de haber hecho algún “arreglo non sancto” con quien manejaba el tráiler´; fue así como se las peló el responsable del trágico accidente vial.

      Ha habido otros casos similares, según referencias basadas en realidades, sobre todo cuando las víctimas quedan inconscientes en los encontronazos, pues lógicamente no pueden hacer declaraciones. Es entonces cuando los arreglitos se hacen fácilmente y… ¡santos en “pax”! ¡Que viva la Pepa, dirá Juan Pueblo!…
     
      Corre el rumor de que los propietarios de tráilers, se las han arreglado para evadir responsabilidades, ya que han dejado las cosas contra los choferes, cuyo único patrimonio es el salario; es por eso que carecen de bienes suficientes para responder ante los tribunales competentes. No se descartan en tales casos las güizachadas y otros actos pecaminosos.