No hay día en que no sepamos de algún nuevo escándalo de corrupción que evidencia la descomposición que vivimos en nuestro país. Por supuesto que se convierten en escándalo mayúsculo los casos que tienen que ver con las llamadas empresas emergentes, pero honestamente hablando no hay distinción entre éstas y las tradicionales que a puro tubo tienen que jugar el mismo juego si quieren tener parte en el negocio.
Porque la verdad es que el sistema es el que está podrido porque se ha moldeado de tal forma que sirve para alentar y encubrir la corrupción. No existe la más remota posibilidad de resolver el problema porque al final de cuentas todos se tienen que tapar con la misma chamarra, a menos que alguien decidiera salir del juego y denunciar cómo es que se tienen que tramitar los contratos con el Estado.
La lógica más elemental indica que si de cien hay ochenta empresas emergentes dispuestas a pagar elevadas mordidas, por qué razón puede un funcionario decidir que otorgará contratos a alguna de las otras veinte que presumen de no dar mordida. Cada gobierno se ha encargado de sofisticar más aún los procedimientos para asegurar que todo sea trinquete. Contratación de ONG, utilización de organismos internacionales, implementación de fideicomisos y el chantaje para ir pagando la deuda flotante son apenas algunos de los mecanismos más conocidos y visibles, pero en realidad hay que aceptar que todo funciona adecuadamente para evadir controles de ley y para garantizar que, como dijo Mussing, no haya obra sin sobra.
Por supuesto que tenemos que entender que ante la generalización del fenómeno, aun la gente que presume de honorable tiene que rendirse porque, de lo contrario, no tendría participación en ninguno de los negocios y tendrían que terminar cerrando sus empresas. Pero eso no disculpa la corrupción ni nos quita responsabilidad a ninguno, porque resulta que por acción o por omisión todos terminamos siendo parte del mismo juego.
Puede uno culpar a los políticos que durante años han ido perfeccionando el modelito, pero la verdad es que éstos pueden llegar hasta donde la ciudadanía les deja y en el caso nuestro la indiferencia y la aceptación rampante de los trinquetes es obvia. No hay ni siquiera vindicta social en contra de los pícaros que tienen el tupé de mostrarse indignados porque otros están haciendo lo mismo que ellos hicieron antes.
Por eso el problema del país dejó de ser ideológico hace mucho tiempo. Lo mismo nos da que robe un pícaro de izquierda que un pícaro de derecha. Desde una y otra perspectiva lo que les interesa del poder es la oportunidad para saquear al país y por eso estamos como estamos.