Es poco lo que podemos hacer para escapar de este mundo hipererotizado. La televisión nos agobia, la prensa nos acosa e Internet nos ahoga con su comprensión del sexo. Las propuestas están al alcance de la mano y nadie parece evitarlo. Nos afecta a todos: adultos, adolescentes y niños.
Umberto Eco nos ha dado un testimonio de asombro en esta misma línea. En su artículo semanal publicado en Italia hace un par de semanas escribió sobre la popularidad del sexo en Internet y se sorprende al contrastar a los héroes del pasado «que se excitaban leyendo a Plutarco mientras los de hoy manejan con precisión los canales menores después de la medianoche o navegan excitados en la red».
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 El novelita confesó un experimento. «He ido a Internet y escribí Padre Pío. El resultado fue: 1 millón 400 mil sitios. Nada mal. He escrito Jesús y entonces el buscador me sugirió 4 millones 830 mil sitios -el Nazareno todavía pone cómodo al santo Pietrelcino. Después he escrito «porno», y me he quedado pasmado con los 130 millones (digo ciento treinta millones) de sitios. Pensando que porno fuese demasiado genérico respecto a Jesús, decidí parangonar porno a religión: religión produce un poco más de 9 millones de sitios, ciertamente más del doble que Jesús, lo cual me parece políticamente correcto, pero de poquísimo respeto a porno».
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           Eco pone en evidencia un mundo del todo cambiante y «sui generis» (con trabes siempre nuevos) y lo critica con las formas sutiles que sólo un hombre de su catadura puede hacer. Desde el inicio del artículo confronta las visiones antiguas de la cultura en donde expresiones como «meglio esercitare il potere che fornicare» (mejor ejercitar el poder que fornicar) tenían algún sentido en el pasado. Por otro lado, dice, otro principio superado era la creencia «de que los hombres de poder querían tener relaciones sexuales mirando a la Condesa Castiglione, a Mata Hari a Sarah Bernhardt o a Marilyn Monroe». Nada de eso es ahora cierto, afirma.
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           Internet lo demuestra, cree el pensador. Y busca en la red su fundamento. «Â¿Qué se encuentra en los 130 millones de sitios porno? Se pueden hallar, entre las varias opciones, Anal, Asiatic, Latino, Feticism, Orgy, Bisexual, Cunnilingus, German (Sic), Lesbian, Masturbation, Voyeur, y después las varias formas de incesto, padre con hija, hermano y hermana, madre e hijo, padre, madre, hijo e hija todos juntos, madrastra e hijastro, pero también nieto y abuela («granny») y «Milf», que significa (y si no lo creen busquen la voz en Wikipedia) «mother I»d like to fuck», es decir, el tipo de mami con la que desearías tener relaciones, en general señoras complacientes entre los 30 y 45 años (y piensen que Balzac titulaba «La mujer de treinta años» la historia del declive femenino)».
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           Todo esto pone en evidencia lo que decía al principio: Vivimos en un mundo hipererotizado del que pocos o nadie puede escapar. Es la realidad que nos toca vivir a nosotros, los ciudadanos del siglo XXI. Son las circunstancias que problematizan la vida de los curas posmodernos. Digámoslo como Eco:
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           «Hoy una persona normal es provocada al sexo en medida bastante mayor que cuanto le sucedía a su abuelo. Entonces, piensen incluso en un pobre párroco: una vez veía sólo la perpetua y leía sólo «L»Osservatore Romano», hoy ve contonearse jovencitas escotadas todas las tarde. Y después dicen que uno se vuelve pedófilo».