Fue bautizado como Julio Martínez Flores, pero recién ordenado sacerdote, los feligreses empezaron a llamarlo con cariño: El Padre Julio. Después de oficiar como cura párroco en varios pueblos, la Curia lo trasladó para la capital, a donde se trasladó como cura de la iglesia de Guadalupe: un barracón de madera situado en la 1ª. avenida entre 8ª. y 9ª. calles de la zona central; barraca que contaba con un óleo de la Virgen de Guadalupe como principal imagen.
Poco a poquito y a pura limosna (sin financiamiento del narcotráfico), el Padre Julio transformó la pequeña iglesia en lo que es hoy: un imponente santuario de una sola torre y una hermosa cúpula que termina en una corona a la que sostienen unos angelotes.
Fue el mismo Padre Julio quien puso óleo y crisma sobre mi frente desnutrida; el mismo que seis años después me dio a regañadientes la Hostia Consagrada, pues yo incurrí en irreverencia al comerme una champurrada una hora antes de la Primera Comunión. Previo a ese acto de fe transgredida tuve que pasar por el calvario que representó para mí el aprendizaje de la doctrina: el Credo y el Yo pecador con el que yo hacía sonreír a las hermanas y enfurecer a la instructora parafraseándolo: “Yo Picador me confieso a Dios…”. Con la preparación que me hizo la Niña Delfina aparecieron los diez mandamientos, las letanías junto a los siete vicios con sus siete virtudes: contra la pereza, la diligencia; a la lujuria sólo puede oponerse la castidad; para un soberbio, basta un humilde; contra la apetitosa gula, aparece la desabrida templanza; a la largueza de unos se opone la avaricia de muchos; y a la ira incontenible, la paciencia. Se apareció de pronto la última y no menos importante de las virtudes: la Caridad; a la que se enfrentaba un vicio muy extendido: la Envidia.
Me di cuenta entonces de que a lo largo de la azarosa existencia había envidiado escasamente tres virtudes: la letra clara, preciosista y afiligranada de mi madre; la hombría inquebrantable de mi padre; y la voz cantarina, firme y decidida de la esposa. Nunca he envidiado eso sí, al diputado corrupto que se apoltrona en su curul para vender su voto, atragantarse de comida rápida y bebida aguardentosa, y dormir así una siesta de cuatro años o más. Nunca he envidiado al ministro que justifica escaseces, inaugura carreteras de chapopote y se cepilla los dientes tres veces al día; ni menos al Presidente de la República que se mantiene en las nubes, habla de todo lo que ignora, y reparte bolsas y bonos inseguros.
Camino por la 9ª. avenida. Veo a través de la puerta de hierro del Instituto Central y contemplo con nostalgia sus cuatro añejas araucarias. En el interior del patio del Musac un chorrito de agua trata de mitigar la sed de la pileta central. De las puertas de cedro del Congreso cuelga un letrero: “Cerrado por duelo”.