Entre la coca y el narcotráfico


Evo Morales, mandatario de Bolivia y candidato a la reelección, cerró su campaña el pasado jueves en El Alto. Mañana serán las elecciones presidenciales y él parte como favorito. FOTO LA HORA: AFP Aizar Raldes

El presidente Evo Morales tendrá un difí­cil reto si es reelegido este domingo en Bolivia: convencer a la comunidad internacional de que puede realizar su cruzada en favor de la hoja de coca y al mismo tiempo luchar contra el narcotráfico sin ayuda de la DEA, a la que expulsó el año pasado.


El mandatario, quien es igualmente presidente de las seis confederaciones cocaleras de la región del Chapare (zona productora de esa hoja en Bolivia), ha realizado en foros internacionales una cerrada defensa de la coca, que tiene uso medicinal y alimentario tanto en su paí­s como en Perú.

Destinada a ese uso, en Bolivia se cultivan de manera legal 12 mil hectáreas de la hoja, aunque los cálculos de las Naciones Unidas señalan que en el paí­s existen unas 30.500 hectáreas. Esta cifra representa un aumento de 20% sobre las 25.400 que habí­a cuando Evo llegó a la presidencia.

El presidente Morales ha dicho que buscará que el número de hectáreas legales aumente hasta 20 mil.

Investigadores y analistas han alertado que de la mano del aumento de la hoja de coca en Bolivia se están estableciendo cárteles colombianos y mexicanos, lo que ha generado un fuerte aumento de la producción de cocaí­na.

El año pasado, en el marco de sus malas relaciones con Estados Unidos, Morales decidió expulsar a la agencia antidrogas norteamericana DEA.

«La polí­tica interdictiva se acabó cuando Morales le cerró el camino a la DEA, que sabe cuáles son las rutas del narcotráfico, del dinero y los lazos con México y Colombia que tienen cárteles asentados en este paí­s. La falta de la DEA nos ha dejado ciegos, porque no tenemos información para intercambiar», dice Ernesto Justiniano, diputado opositor y ex zar antidrogas.

Morales dijo que la lucha contra el narcotráfico -«cocaí­na cero», propone- se harí­a en alianza con otros paí­ses y que «felizmente sin la DEA ahora mejoramos las incautaciones», manifestó.

El mandatario dijo recientemente que Bolivia desembolsó este año 20 millones de dólares para las tareas de interdicción, y que ya eliminaron 4.425 de las 5 mil hectáreas de plantaciones de coca comprometidas para este año.

Según los datos oficiales, la cocaí­na incautada en lo que va del año supera las 19 toneladas. Datos oficiales establecen en 113 toneladas la producción cocaí­na y pasta base en 2008.

Justiniano señala que «de 2006 a 2008 el 67,5% de la coca boliviana va al narcotráfico, y la que viene del Chapare, bastión de Evo, el 95% ha ido a los mercados ilegales. Esto ha generado una situación crí­tica. Si eso se suma a la retirada de la DEA, se entiende el incremento en el narcotráfico».

Según este investigador, en el informe de monitoreo del Gobierno y Naciones Unidas se acepta que en 2008 la cocaí­na movió entre 230 y 288 millones de dólares.

Según los cálculos de Justiniano, los valores que la cocaí­na movió en 2008 «estarí­an entre 474 millones de dólares y unos mil millones de dólares».

«Podemos discutir con el Gobierno los valores, en un rango, si quieren. Lo que está claro es que el Gobierno acepta que existen 230 millones de dólares como base en el movimiento de la coca y cocaí­na en Bolivia», dice.

El analista económico Humberto Vacaflor, severo crí­tico del gobierno de Morales, señala que en Bolivia «la única actividad económica pujante que no se inmuta con las crisis internacionales, es la producción de coca y sus derivados».

En la nueva Constitución, redactada por el oficialista MAS, la coca está consignada como «patrimonio cultural, recurso natural renovable de la biodiversidad de Bolivia, y como factor de cohesión social; en su estado natural no es estupefaciente».

Este domingo se celebran elecciones generales en Bolivia, donde el presidente Morales es amplio favorito para ser reelegido.

SANTA CRUZ Rearticular la oposición


El presidente indí­gena de Bolivia, Evo Morales, logró penetrar durante su campaña electoral en la rica región de Santa Cruz, que para él era territorio vedado hasta el año pasado, aunque los lí­deres locales aseguran que no cesarán su oposición a un modelo que consideran totalitario.

Santa Cruz, que aporta con el 29% al PIB boliviano, era hasta el primer semestre de 2009 una zona casi infranqueable para Morales, quien debí­a hacer malabarismos de seguridad para poder llegar a la ciudad, de 1,6 millones de habitantes.

Desde el comienzo de su gobierno Morales se opuso a los anhelos autonomistas de Santa Cruz y de otros tres departamentos que se alinearon con esa causa, en una lucha de poderes que mostró a una Bolivia dividida en dos, incluso con voces que comenzaban a hablar de una escisión.

Fue en septiembre de 2008 cuando la situación cambió: en ese mes este departamento, con una extensión de 370.600 km2 (más grande que Uruguay o Ecuador), alentó y encabezó violentas protestas callejeras junto a otras cuatro de los nueve departamentos del paí­s contra el mandatario que pusieron a Bolivia al borde de una guerra civil.

Con tomas de oficinas gubernamentales y aeropuertos domésticos, y decenas de cortes de ruta en Santa Cruz (este), Beni (noreste), Pando (norte), Tarija (sur) y Chuquisaca (sureste) la oposición querí­a enviarle un mensaje al mandatario en favor de mayor autonomí­a económica y polí­tica.

Estas protestas provocaron una reacción adversa contra el liderazgo cí­vico y empresarial de Santa Cruz que alentó las manifestaciones.

«Todo esto terminó de desarticular un compacto grupo dirigencial de Santa Cruz», señala a la AFP la socióloga Susana Seleme.

La violencia callejera desató reacciones a favor y en contra en el liderazgo de Santa Cruz, armado en torno al gobernador Rubén Costas, generando divisiones donde antes habí­a una posición monolí­tica, razona Seleme.

Para el diputado de la centroderechista Unidad Nacional, Alejandro Colanzi, «el paisaje polí­tico en un año cambió completamente en Santa Cruz. Entre 2007 y 2008 se jugó el punto más alto de una confrontación, lo que era una forma de suicidio».

Para Seleme otro elemento que motivó el desbande de la dirigencia polí­tica y cí­vica de Santa Cruz fue una investigación de la Fiscalí­a que ligó a varios de sus miembros, incluido el prefecto Costas, con un grupo de mercenarios europeos, tres de cuyos miembros fueron muertos a tiros en un operativo policial en Santa Cruz en abril pasado.

Morales acusó a ese grupo de mercenarios de buscar asesinarlo, y también la separación de Santa Cruz del resto de Bolivia.

Casi todos los miembros de la élite de Santa Cruz fueron señalados como los financiadores del grupo, aunque todos lo negaron.

El mandatario boliviano dijo este martes, en cambio, que la élite de Santa Cruz «se autoderrotó», porque apoyó a un grupo secesionista de mercenarios.

«Todo esto fue un complot del Gobierno contra Santa Cruz, para descabezarnos», afirma sin retaceos a la AFP el presidente del Comité Cí­vico de este departamento, Luis Nuñez, quien acotó que no hay pruebas que liguen a los lí­deres locales con el grupo de mercenarios.

Según Núñez, Santa Cruz expresará el domingo en las urnas su rechazo al presidente Morales, lo que será un punto para reencaminar a la oposición.

«No nos oponemos a Morales porque es un indí­gena; nos oponemos porque representa un régimen totalitario, no es democrático, nos quiere llevar al comunismo», agrega el lí­der regional.

«Santa Cruz ha sido lí­der en Bolivia en el pasado y lo será de nuevo. Pero la región deberá ser capaz de proponer un modelo económico que por sí­ mismo construya un modelo social responsable y se complemente con la oferta del gobierno», dice Colanzi.

«En ese momento habrá algo que proponer al paí­s y Santa Cruz será un modelo, recobrará un liderazgo», agrega.

El domingo se verá en las urnas si esta región oriental sigue o no en contra del jefe de Estado.

EVO Entre el odio y el amor


Evo Morales, el primer presidente indí­gena de Bolivia y quien acaricia la reelección el domingo, desata pasiones encontradas en su paí­s: amado por indí­genas que lo consideran su gran defensor, y odiado por una oposición que lo llama desde populista hasta autoritario.

Morales, de la etnia aymara, mayoritaria de Bolivia, nació hace 50 años en Isallavi, una pobre comunidad rural en la desértica zona andina, donde de niño se dedicó a la crianza de llamas.

«En Isallavi viví­amos en una casita de adobe y techo de paja de no más de tres por cuatro metros. Nos serví­a como dormitorio, cocina, comedor y prácticamente de todo», dice Morales en su biografí­a oficial.

Allá comenzó su amor por el fútbol; «cuando las llamas estaban pastando en los cerros, agarraba mi pelota de trapo y las gambeteaba una por una. Los arcos eran las pajas bravas y mi compañero inseparable un perro de nombre Trébol», recuerda.

Entre los 15 y 17 años, Morales vivió en la ciudad andina de Oruro, donde para sobrevivir fabricó ladrillos, fue panadero y trompetista de una famosa banda de música folclórica.

El fútbol le sirvió para catapultarse como dirigente deportivo del sindicato de campesinos cocaleros en el Chapare, en el centro de Bolivia, adonde migró a principios de la década del 70 con su familia, luego de que las heladas destruyeran sus cultivos.

El Chapare se convertí­a en epicentro del fabuloso negocio de la droga que empujó a miles y miles de campesinos a cultivar coca, materia prima de la cocaí­na.

EEUU presionó por la eliminación de la coca por las buenas o las malas, lo que desató en Morales -y él lo confiesa- un profundo sentimiento antinorteamericano.

El Chapare lo catapultó como diputado regional en 1995, convirtiéndose en el lí­der indiscutido de esa región, a la que le debe en parte haberse convertido en el primer mandatario indí­gena de Bolivia.

El lí­der sindical destrozó en las urnas al ex presidente de derecha Jorge Quiroga, quien estaba seguro de ganar.

Sentado en la silla presidencial, el mandatario comenzó a desarrollar una polí­tica con fuerte contenido indí­gena y estatista, desató una ácida crí­tica hacia Estados Unidos y las polí­ticas económicas recetadas por el FMI y el BM y estableció fuertes lazos polí­ticos con Cuba y Venezuela.

Igualmente nacionalizó los recursos hidrocarburí­feros que estaban bajo control de empresas españolas, inglesas, brasileñas y francesas, entre otras.

Orgullosos de la firmeza de su lí­der, los campesinos elogian al mismo tiempo la modestia de Morales, su calidez y proximidad con el pueblo.

«Es un hombre honesto no sólo con sus acciones sino también con su palabra; un hombre muy sincero, siempre habla desde el corazón», dice de Morales el presidente de la Cámara de diputados, Edmundo Novillo.

Para sus oponentes, en cambio, es un autócrata y un populista que se cree destinado a una misión histórica, llamándolo al mismo tiempo el «peso pluma» de su mentor, el venezolano Hugo Chávez.

Morales es la expresión del «despotismo iletrado», dice Manfredo Kempff, escritor y ex canciller, quien se refiere al presidente de forma irónica como «Su Excelencia».

«Estamos pues ante un despotismo iletrado, porque se siente el poder autocrático en Bolivia, se siente el tufillo a absolutismo dictatorial en todos los rincones, y se inhala una ignorancia pegajosa, fastidiosa, que produce malestar», dice Kempff.

Si como jefe de Estado Morales parece en campaña permanente, es de una gran discreción en su vida privada. Se sabe que vive solo y que tiene un hijo y una hija, ambos menores de edad.

En ese clima, en que Evo es odiado o amado sin términos medios, Bolivia irá a las elecciones y probablemente seguirá consolidando su polí­tica actual.