La ráfaga de noticias, comentarios, críticas y análisis en torno a la ríspida y breve discusión en el Congreso, seguida de la inesperada inmediata aprobación del paquete fiscal, a lo que se suma la también sorpresiva propuesta del presidente Pérez Molina de incluir en la agenda de la próxima reunión de gobernantes centroamericanos el tema de la eventual despenalización del consumo de drogas, me distrajo de un suceso aparentemente irrelevante protagonizado por dos altos funcionarios de Estado.
Como usted recordará, el precipitado presidente del Congreso, diputado Gudy Rivera, habría ordenado impedir el ingreso de los entrometidos cronistas parlamentarios a las reuniones de la junta directiva de la cámara y jefes de bancada, lo que provocó inmediatas, merecidas y airadas reacciones de los periodistas y de algunos diputados de la oposición devenidos en espontáneos defensores de la libertad de Prensa.
Pero la participación más fulgurante fue la de la vicepresidenta Roxana Baldetti. Sí, la segunda lumbrera del Organismo Ejecutivo, quien no tuvo reparos en injerir en un asunto que, estricto sensu, es competencia del Organismo Legislativo, pero que por tratarse de un tema muy sensitivo para los medios no se le calificó de un acto de intervención en la independencia de poderes, que de haber ocurrido durante el gobierno anterior, ya me imagino las andanadas que le habrían lanzado al exvicepresidente Rafael Espada.
Doña Roxana declaró sin ambages a reporteros de Prensa Libre: “Como saben, el presidente del Congreso es Gudy Rivera, mi amigo, y como buena periodista (¡ve, pues!) le hablé y le dije que creía que es un error cerrarle las puertas a la Prensa”. Agregó que estaba convencida de que el diputado Rivera “Va a reflexionar y va a entender (¿creería que le costaría mucho?) que necesita de una herramienta tan importante como son los medios de comunicación para su gestión”.
Tan sensata opinión me recordó lo sucedido en 1993 cuando el entonces presidente Jorge Serrano Elías atentó contra la libertad de expresión del pensamiento e impuso la censura, y casualmente una de las funcionarias de ese gobierno (derribado unos cuantos días después) que ejerció esa ingrata labor fue la excelente periodista Baldetti Elías, cabalmente en Prensa Libre.
Pero eso es un suceso que confío en que no se repita, sino lo que me llamó la atención fue el gesto gentil, amable, cortés y risueño del presidente del Congreso, quien declaró caballerosamente: “Con Roxana, la señora vicepresidente, tenemos una bonita amistad. (¡Qué tierno!, ¿no?). Ella mi hizo los comentarios y yo le dije que no fue decisión personal. Ella lo entendió (¡qué lucidez!)) Al final terminamos riéndonos de lo sucedido en el incidente” ¡Qué graciosos! ¿Verdad?
Menos mal que disfrutan del sentido del humor en asuntos de Estado, especialmente en lo que respecta a limitaciones al derecho constitucional de acceso a las fuentes de información.
(El reportero Romualdo Tishudo le increpa a cierto inexperto dignatario de la nación:_¿Acaso no sabe usted qué es un matutino? El legislador responde: -¡Claro que sí! Es el hijo del conserje Matute).