Siempre he mantenido simpatía por los cementerios; quienes los visitan se salvan del maldito ruido de las máquinas y vociferaciones del rebaño humano. Los cementerios duermen dentro de las ciudades y sirven de trinchera en urbes ausentes de espacios para la recreación del espíritu.
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Los hospitales me debilitan, no así los panteones y sus lápidas; la razón quizá sea que los muertos son silenciosos, no se quejan, no sangran, no sufren.
Ayer, Día de las Madres, por una de esas peripecias de la vida caminé algunos minutos alrededor de las tumbas del Cementerio General. Si usted nunca se ha permitido visitar algún camposanto en ese día de tanta fiesta y propaganda, le sugiero antes que se dé una vuelta por alguno de ellos durante esas fechas.
Cientos y cientos de personas, con la nostalgia en las pupilas, desfilan por esas calles siguiendo a la muerte, mejor dicho a sus muertos, y en especial a esas féminas a quienes siempre recuerdan pronunciando su nombre con entonación de cielo, madre.
Entre tanto movimiento se descubren rostros desamparados; algunos llegan en grupos y se muestran alegres, ríen y hacen chistes y solicitudes de sus deseos cuando sean ellos los que sean visitados; otros menos afortunados deben ser valientes y hacer el recorrido en soledad, sin nadie que los abrace y los reconforte, o les haga segunda al momento que llegue el llanto y la nostalgia.
Entre toda aquella muchedumbre encontré deambulando entre osarios y cruces a un hombre de alrededor de cuarenta y tantos años abrazado a unas flores amarillas, quien con paso seguro avanzaba dentro del recinto. Algo dentro me sugirió que aquel individuo se encontraba robándole tiempo a su labor cotidiana, a esas horas en las que sirve de engranaje dentro de la gran máquina, todo con el fin de cumplir con el ritual de visitar a uno de sus muertos.
En ese momento recordé las palabras de Sábato sugiriendo que «los recuerdos es lo único que tenía para defenderla de la muerte» el específico instrumento que resistirle al tiempo, para manifestarle que a pesar de su vocación de separarnos, quienes partieron sobreviven en nuestra memoria.
Entre las edificaciones de los elevados nichos encontré unos improvisados músicos uniformados con camisas azules: se ganaban el jornal ejecutando las más tristes canciones, capaces de desgarrarte el alma. En lo personal tuve que esforzarme en reprimir una amenaza de llanto, al escuchar aquellas voces desafinadas entonar «madrecita querida, mil perdones te pido, si por culpa de esa traidora, te dejé en el olvido».
Para muchos de nosotros el Día de las Madres fue una llamada telefónica acompañada de palabras emotivas, una invitación a compartir una comida, o un regalo pagado a plazos, pero para otros fue un momento de tristeza, de la sapiencia de saberse huérfanos de ese ser entrañable, indestructible en la memoria; es por ello que estas letras son precisamente para ser cómplice de quienes su madre se ha adelantado en el viaje; que como dice un argentino por ahí «la muerte no es otra cosa que mudanza».