Ante la tentativa del presidente í“scar Berger de brindarle apoyo inmediato a la ley de que regule armas y municiones, es conveniente detenerse un momento a pensar ¿Será necesario? La respuesta es: ¡Sí!, las armas de fuego fueron creadas para matar.
Y dónde está la riqueza de un país, si la riqueza es la población, y esta se está acabando con las balas.
Muchos años atrás (podría pensarse en la niñez de nuestros padres, la época de nuestros abuelos), la población civil no tenía acceso explícito a la portación de armas de fuego, y las riñas ocasionadas por la falta de conciencia y exceso de licor, eran cuestiones que se resolvían a puño limpio. El temor que ahora se tiene de responderle al oponente por una injusticia realizada hacia nosotros, no existía.
De un día a otro podemos amanecer fríos en una banqueta sin haber podido demostrar de todo de lo que pudimos haber sido capaces en vida.
El ser humano es capaz de pervertir todo lo que en su entorno se presenta: «Dadle un arma al que necesite protección, y veréis como su hermano, u otro cualquiera, le utiliza para hacer atracos». Lamentablemente no se puede interferir en la psique ajena, y determinar, cuáles son sus intenciones al portar un arma.
La portación de armas de fuego, de manera ilegal o legal, es algo que aunque las concesiones las administre el Departamento de Control de Armas y Municiones, Decam, no tiene un ordenamiento legal sobre el uso que le vayan a dar los portadores.
Portar un arma en Guatemala es tener poder, un poder casi divino para decidir el final o la continuidad de la vida de una persona. Es poder «defenderse» de un atraco. Es feminicidio.
Por cuestiones que a cierto punto no son reguladas, día a día mueren: madres, hermanas, primas, abuelas, mujeres trabajadoras, niños, estudiantes, conductores de autobuses, peatones.
Personas con sueños, esperanzas y sentimientos que de un momento a otro un cualquiera (benevolente, o truhán), decide apagarles la luz y frustrarles la existencia para el que con ellos vivía.
Creo fervientemente en la educación, y si hubiese reforma o no debe de estudiarse a quién repercute el portar armas y el no portarlas. Si no, educar a los pequeños y demostrarles que indistintamente de las clases sociales, color, raza, sexo, y credo por la buena fortuna de haber nacido en este país, somos todos hermanos.