Los reptiles siempre fueron la pasión del salvadoreño Félix Reyes y hoy son su forma de vida. En la granja La íšnica, en la localidad de la Herradura, a medio centenar de kilómetros de San Salvador, cría y cada año exporta miles de boas, dragones e iguanas a todo el mundo.
En una gran habitación de ladrillo con potentes ventiladores para combatir el inclemente calor de la zona muy cercana a la costa, se encuentra el criadero de boas, donde casi una decena están preñadas o ya han dado a luz -son animales ovovivíparos, es decir, mantienen los huevos dentro de ellas– a sus crías que son mantenidas en grandes cajas de plástico con respiraderos.
Don Félix, de 49 años, está especialmente orgulloso de una de sus boas, «La Campeona», ya que es la más prolífica: en cada parto nacen hasta 40 ejemplares que son exportados a Hong Kong, Estados Unidos, Canadá o México.
Tanto las boas como los dragones barbudos de Madagascar y las iguanas nacidas y criadas por Félix, su esposa Mercedes, sus cinco hijos y un par de empleados que trabajan en este negocio único en El Salvador, cumplen las reglas de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites).
Ya puesta en el mercado de destino, una boa de medio metro puede costar entre 30 ó 40 dólares, lo mismo que cuesta un dragón barbudo.
«Cuánto exportamos depende de cuánto nos pidan, pero a veces exportamos hasta 50.000 iguanas pequeñas al año (cada una cuesta 4 dólares en el mercado extranjero) y de dragones estamos vendiendo unos 4.000 cada tres meses», explicó don Félix, que empezó su granja en 1987.
En corrales cercados con láminas de zinc, cubiertos con una malla de nylon y dotados de varias galerías construidas también con láminas de zinc y palma de coco, miles de pequeñas iguanas verdes o rojas y hasta algunas albinas, toman plácidamente el sol o simplemente merodean por el lugar.
En otros corrales cientos de dragones barbudos retozan en troncos de árboles secos tras alimentarse con verduras cocidas o con pequeños grillos.
«Es mi sueño hecho realidad, no puedo pedir más», afirma don Félix que ahora piensa en expandir su negocio para lo que quiere tomar un curso de computación e internet para proyectar su emprendimiento en la red.
Atrás ha quedado la pobreza que marcó la infancia de este hombre de aspecto serio que nunca despega de su cinto una pistola 45 milímetros, ya que no confía en que un vigilante privado cuide como él de su inversión.
«Ver toda esta granja me hace sentir orgulloso de lo que he logrado hacer con mucho trabajo en mi vida; no me importa el dinero, lo que me importa es tener a mis animalitos en las mejores condiciones para que nunca me reclamen porque vendo una especie enferma o con algún defecto», narró a la AFP.
Todo lo que sabe sobre estos animales, lo ha aprendido sobre la marcha.
«Yo le hago de veterinario, atiendo los partos de los animales, vigilo, compro el alimento para las especies, en fin le hago a todo», afirma el hombre de aspecto campechano que sólo estudió hasta la secundaria en su natal Santa Rosa de Lima (230 km al este de la capital), pues la pobreza en que vivía con su madre y sus ocho hermanos no le permitió más.
«Me he tenido que rebuscar para conocer cómo debe ser la crianza de iguanas, de las boas, de los dragones, no he estudiado en ningún lugar eso», afirma don Félix que, sin embargo, reconoce que ha recibido asistencia técnica del ministerio de Agricultura (MAG).