Allá por los años de 1660 hubo un día mucho alboroto en la ciudad de Santiago por una recua de mulas, acaso de don Juan Palomeque, que portaban pesados fardos. Eran las máquinas de la primera imprenta de Guatemala. Tecnología de última generación. Pocos años después se fundó la Universidad de San Carlos de Borromeo.
Por esos mismos días los vecinos hablaban de un hospitalito de convalecientes a cargo del Hermano Pedro, al sur oriente de la ciudad, a quien era común ver algunas noches tocando una campana. Para entonces ya casi toda Mesoamérica estaba bajo dominio del Rey de España; sin embargo, existía todavía lo que figuradamente sería una “república maya” (realmente era una monarquía), en lo que es hoy el centro de El Petén. Era el último dominio maya que se mantenía intacto, con gobierno propio; el último respiro de una soberanía que se mantuvo por tres mil años. Se encontraba este reino en medio de los dominios españoles de Guatemala en el sur y de Yucatán en el norte. Es claro que el aislamiento y lo dificultoso del acceso colaboró a mantener su independencia. Hubo algunas incursiones españolas pero más de tipo religioso que militar, entre ellas la ya comentada visita, en 1618, de los padres Fuensalida y Orbita llegaron en una misión que no prosperó. Sin embargo, resulta muy revelador el relato que hicieron de la conversación que sostuvieron con el rey Kanek; hablaron de las profecías y de los períodos del calendario maya. Todo indica que a los misioneros poco les interesó la información y solo registraron la plática como una curiosidad, como una prueba de las supersticiones de los indígenas. Cerca de medio siglo después, fray Andrés de Avendaño tuvo conocimiento del frustrado viaje de aquellos dos frailes y de otra visita en 1623 de religiosos que fueron retenidos y sacrificados, en parte fue como venganza porque cuando en 1618 los misioneros se fueron destruyeron la imagen de Tziminchaak, un caballo que veneraban los habitantes de Nohpeten que se encontraba en el templo que estaba en el parquecito a la par de la iglesia de Flores. Y se informó Avendaño que desde entonces no se había organizado ninguna visita al remoto reino Itzá. Fray Andrés vivía en Yucatán y todo indica que era un hombre muy versado en el idioma y costumbres de los mayas. Tuvo conocimiento del viaje de Fuensalida y Orbita y leyó con mucho detenimiento las declaraciones de Kanek. Y lejos de desestimar las creencias quiso sacarles provecho. Según el propio dicho del rey maya, las profecías indicaba para el K´atum 8 Ahaw iban a suceder muchos cambios entre el pueblo Itzá y que cambiarían de dioses. Haciendo cálculos fray Andrés llegó a la conclusión que la fecha indicada empezaba en 1697. Por eso organizó una comitiva para que llegara poco antes del anunciado K’atum 8 Ahaw. Cuando llegó encontró una población muy dispuesta y condicionada precisamente por las antiguas predicciones. Por lo mismo no fue difícil que el rey Kanek se convirtiera al cristianismo y con él muchos principales. Pero no todos estuvieron de acuerdo, hubo algunas revueltas; varios nobles se levantaron en contra de Kanek y de los españoles. Inquieto el gobernador de Yucatán, Martín de Ursúa, y muy a pesar de las intenciones pacíficas de fray Andrés, ordenó el asalto final de la última de las ciudades mayas: Nohpeten. Así, en marzo de 1618 se cerraba formalmente el proceso de conquista que inició el 12 de octubre de 1492. Lo enriquecedor de los viajes de Fuensalida y después de Avendaño es que tuvieron conocimiento, de primera mano, en vivo y sin contaminaciones publicitarias, de la tradición milenaria que daba mucha importancia a las fechas en general especialmente de los K’atunes y B’aktunes (continuará).