Entendernos a golpes


Las imágenes de un ensangrentado Silvio Berlusconi, primer ministro de Italia, dieron la vuelta al mundo, tras un golpe propinado por un ciudadano. Claro, muchos podrán analizar que Berlusconi, desde hace tiempos, vení­a diciendo declaraciones polémicas y que ha llevado al pueblo italiano a una confrontación, casi marcada entre el norte y el sur del paí­s, es decir, entre ricos y no tan ricos, entre izquierda y derecha, sin que haya una solución real.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Y es que, desde hace mucho tiempo (quizá desde la universalización de la práctica de elegir a los representantes por medio de votaciones), los presidentes ya no simbolizan la llamada «unidad nacional», si es que existe.

Muy por el contrario, los presidentes y otras autoridades han tenido que meterse a penosas confrontaciones discursivas, las cuales son paradójicas, ya que se dicen «representantes del pueblo», al mismo tiempo que lo enfrentan.

Guatemala no es la excepción en los enfrentamientos. De hecho, sólo este año, hemos visto protagonizar a los diputados al Congreso de la República enfrentamientos verbales fuertes, golpes, tirarse agua como perros rabiosos, etc.

El presidente ílvaro Colom no llega a ser tan polémico como Berlusconi; pero sí­ se le ha visto meterse en enfrentamientos al estilo «ustedes los ricos y nosotros los pobres», o «que paguen más los que ganan más», que, lamentablemente, en la historia del paí­s, han generado jornadas como el recordado «Jueves Negro» de hace seis años.

El domingo pasado, Colom pidió a los empresarios que se desistiera de las campañas publicitarias «desinformativas» en contra de su llamada «Reforma Fiscal», porque van en contra de los logros del Gobierno, sobre todo en materia de salud y educación. Pero, pese a este llamado, ni el mismo Presidente podrá negar que, a veces, su discurso (o el de sus cercanos funcionarios) también es confrontativo.

Los Presidentes, pero en especial Colom, deberí­an estar obligados a buscar posturas de consenso, y no meterse a enfrentar a quienes no están a favor de sus intereses particulares.

El Gobierno ha tenido el logro de obtener el apoyo de sectores que habitualmente están en pugna, como el Magisterio, los alcaldes y los sindicalistas (aunque, quizá, sean sus aliados tras compra de sus voluntades), deberí­a aprovechar esa fuerza social para apoyarse y alcanzar sus propósitos. Pero cómo se nos nota que estamos poco capacitados para el diálogo y alcanzar consensos, porque en vez de dialogar con todos los sectores, se utilizan a estos «aliados polí­ticos» para ser fuerzas de choque y bloquear carreteras e intimidar a la población saliendo a la calle, como que si fueran barras bravas a favor de los colores oficialistas. Es decir, entendernos a golpes y no con palabras.

Actualmente, el Gobierno utiliza ese tono confrontativo para aprobar su ajuste fiscal y que entre en vigencia en el 2010. Pero se equivoca en la forma en que se pretende alcanzar, porque lejos de dialogar y alcanzar acuerdos sobre la mesa (no debajo de ella), se lanza de frente para que se apruebe, sin escuchar opiniones de otros sectores ni exigencias de austeridad, transparencia y eficiencia del gasto público. ¡Tan fácil que serí­a si el Gobierno se comprometiera en estos tres aspectos!

Esta confrontación bipolar que nos han heredado (y en todos los ámbitos: rojo o crema, izquierda o derecha, católico o protestante, etc.) nos genera más violencia, que se traduce en 20 asesinatos diarios, pobreza estructural, linchamientos o intentos de, y otras formas de manifestar la insatisfacción social. Y es deber del Gobierno garantizar, primero, una paz social, económica y polí­tica, ya que deben ser representantes de la unidad nacional, y no merecedores de un tremendo golpazo, como le sucedió a Berlusconi.